martes, 11 de octubre de 2016

El viejo y el mar... y un niño.

La escena se repetía más o menos de la misma forma cada vez que hacía bueno.
Me levantaba, consultaba el parte meteorológico y los llamaba a los dos.
-Jefe, voy a salir de pesca. ¿Te vienes?
“El Jefe” era mi padre.
-¿Viene Victor?
-Supongo que sí. Ahora lo llamo.
-Victor, voy a salir de pesca. ¿Te vienes?        
-¿Viene el Jefe?
-Si. Dice que sí.
En una media hora andábamos los tres rumbo a Cala Blanca o a “La piedra del corcho” a bordo de la pequeña pero coqueta “Luz Marina”, mi primera barquilla.
Al zarpar, ”El Jefe” se limitaba a contemplar la maniobra y a meterse con aquel enano de flequillo rubio y mirada de golfo que siempre sabía que cabo había que zafar o que corriente había que sortear para llegar pronto a nuestro destino.
Victor ya sabía pescar. Muchas jornadas con su padre, allá en la Bocana lo habían curtido en esa especial liturgia de empatillar y  encarnar anzuelos. Lanzaba el sedal con inusual  pericia para un chaval de su edad que apenas levantaba un palmo del suelo. Conmigo aprendió además, a cebar el motor de nuestro pequeño “Evinrude” de cinco caballos, a dejar caer el ancla y a recogerla o a sostener el salabar cuando había suerte y lográbamos enganchar algo de cierta enjundia.
-Tira como un sargo-decía.
Y solía ser un sargo.
-Parece una doblada – decía en la siguiente ocasión.
Y a menudo era una doblada.
-¡Mira! – decía alguna vez con alegría desbordante-. ¡Un besugo!
-¡Tu si que eres un besugo! –intervenía entonces mi padre.
“El Jefe” disfrutaba  gastándole bromas a su “grumete”.  Así lo llamaba: Victor, “el grumete”.
Se nos hacían las mañanas cortísimas. Algunas tardes, incluso, dejábamos que cayera el sol a nuestro regreso y, en silencio, esa luz acogedora y sedante de las tardes de poniente nos acompañaba hasta el puerto.
Victor se hizo mayor y empezó a recorrer mundo. Empezó también una travesía algo más complicada por los extraños vericuetos de su peculiarísima forma de ver las cosas.
La vida lo llevó por mares que los demás sólo podemos imaginar. Jugó con delfines y tortugas, nadó entre barracudas, se dejó seducir, como los viejos marinos, por esa canción secreta de las sirenas que solo consiguen escuchar unos cuantos valientes.
Y lo dejó todo y se fue a una playa.
A vivir.
Al Jefe, la vida también se lo llevó una mañana de Abril. Algo más lejos.
Aún recuerdo el día en que vino de Málaga con un paquetillo bajo el brazo.
-Ví esto en “El Corte Inglés”  y me acordé de ti.
Se trataba de una figurita en resina que representaba una barca muy similar a la mía. Sentado en la borda, un viejo marino, gordito y afable fumaba una pipa bajo la atenta mirada de una gaviota posada en la regala.
Esa figurilla ocupó desde siempre un lugar preferente a la cabecera de mi cama. Mi Virgi la puso allí un día y ahí se quedó.
Como también recuerdo el día en que Victor, en el transcurso de un café, sacó del bolsillo un envoltorio y me lo entregó.
-Algún día me iré  muy lejos y quiero que tengas esto.
Era un buzo de plástico. Era el mismo Victor en una figurilla de apenas diez centímetros.
Victor andaba ya por aquel entonces haciendo planes para marcharse a Costa Rica.
La ciudad le pesaba cada vez más y el asfalto le asfixiaba.
Y como aquellos marinos que brujuleaban  por los puertos esperando el galeón que precisara manos expertas y hombros recios, Victor daba vueltas por la vida esperando enrolarse en el barco adecuado.
El barco adecuado llegó al fin.
 Tenía forma de mujer. Se llamaba “Eli”.
Y juntos se perdieron en el horizonte buscando sol y arenas blancas.
Ahí andan, una y otro, felices en su playa, jugando con el viento y navegando juntos.
Y sobre la cabecera de mi cama, las dos figuritas que yo dispuse a ambos lados de un espejo con forma de ojo de buey, más que nada por razones de pura simetría estética, cada vez que me descuido, amanecen juntas.
Virginia me asegura que no es ella quien las acerca. La chica que de vez en cuando viene a echarnos una mano con la limpieza sostiene que ella tampoco.
El caso es que  el viejo lobo de mar y el joven buzo aventurero, por azares del destino, por pura casualidad o por efecto de mareas inexplicables, suelen terminar a escasos centímetros.
Hay noches en las que juraría que los oigo cuchichear de sus cosas.

La mar de bien.

miércoles, 1 de abril de 2015

De la Evolución a la Pasión.


La naturaleza, que es sabia pero débil en manos del hombre, que es débil pero mastuerzo por naturaleza, no ha conseguido hacernos olvidar el instinto depredador de los primeros homínidos. Ha ido, eso sí, alterándolo, transformándolo, transfigurándolo en una especie de ridícula costumbre de dar el follón al prójimo, especialmente si éste es un ser tranquilo, pacífico y feliz.
La naturaleza, por el motivo que fuera, tuvo a bien darnos a los humanos inteligencia. Podía habérsela dado a los boquerones, o al chorlito común, o a la vaca lechera, pero nos la dio a nosotros. Y nada más que por eso, nos comemos a los boquerones -encima en manojitos, lo cual debe ser muy humillante para la especie-, puteamos a los chorlitos dejándolos sin árboles para anidar y haciendo bromas sobre su cabeza y tratamos a las vacas de muy mala manera, independientemente de lo sabrosas que puedan o no estar ciertas partes de su anatomía. Y eso es por poner sólo tres ejemplos.
La naturaleza ha hecho de nosotros, a nivel evolutivo, unos gilipollas.
Yo se lo perdono por el rollo ese de “madre naturaleza” y tal. A una madre se le debe un respeto. Pero lo que es… es.
Detengámonos por un momento en nuestros familiares más próximos en la cadena trófica: los primates.
Si un gorila, por poner un ejemplo, se cabrea con otro, le endiña un hostión de puta madre y lo escorromoña para tres o cuatro días. Hasta ahí, me parece lógico y normal. Para eso son gorilas, si no, serían profesores de Derecho Administrativo en la Complutense. Podríamos por tanto considerar una barbaridad eso de utilizar la violencia de forma tan desmesurada.  Pero lo que sí es cierto es que los humanos, que somos así de graciosos, somos capaces de hacer lo mismo que los gorilas y encima cachondearnos e insultar al mismo tiempo al elemento contrario en cada conflicto, especialmente si el contrario en cuestión es más bajito o más educado o está distraído.
Ese es, comparativa y evolutivamente hablando, nuestro grandioso hecho diferencial. La adición del cachondeo indiscriminado y cruel a la violencia intrínseca de los mamíferos superiores.
Hemos hecho del insulto y de la ofensa un arma de mayor uso que la propia violencia para la que, en su día, la evolución nos dotó de un instinto natural, tan valioso y eficaz entonces como innecesario y obsoleto hoy.
Recuerdo las palabras de Pedro, un simpático adiestrador de reptiles: “Los cocodrilos no tienen lengua. Un cocodrilo podrá devorarte lentamente mientras va triturando tus huesos uno a uno, pero jamás hablará mal de ti”.
Los hombres hemos llegado a sublimar el simple hecho de la agresión práctica, obviando la acción física y ahorrando de esta forma daños biológicos irreparables. Sin levantar un dedo, somos capaces de aprovechar la mínima para ridiculizar al vecino, especialmente si no está haciendo nada malo.
Hemos inventado los prejuicios como en su día inventamos la sandwichera y utilizamos ambas cosas sin el menor pudor. Hemos sido capaces de crear la intolerancia, el menosprecio, el sectarismo, la intransigencia, el resentimiento, el desdén y la maledicencia.
No cuesta nada ridiculizar al operario que llega temprano al trabajo, al esposo o a la esposa que mantienen intacta su fidelidad año tras año, al contribuyente sincero, al amigo leal… Todos son  patéticas máquinas de perder oportunidades.
Pero con quien más parecemos disfrutar es con el creyente.
El creyente se ha convertido en un triste payaso de rodeo a quien el jinete no hace ni caso y el toro patea sin compasión.
Y encima tiene que reírse.
Es Semana Santa, la semana en la que el creyente recrea la pasión y muerte de aquel judío a quien llamaron Jesús.
El creyente sale a la calle a pasear a sus “muñecos” y se viste de forma rara. Entona extrañas letanías e interpreta lúgubres cánticos hasta bien entrada la madrugada. El creyente, por tanto, es un ser a quien no hay más remedio que atacar.
El creyente hace un mal terrible a la sociedad.
Al creyente lo hemos llegado a comparar con esos extremistas de lugares lejanos que exhiben en nombre de sus dioses la violencia y el horror argumentando la oportuna razón del mandato divino.
Al creyente le reprochamos que la Iglesia predicó la misma violencia de la que ahora abjura y empleó el miedo en los tiempos oscuros y se enriqueció… y mató…
Al creyente cristiano le podemos decir casi de todo.
Pero, desde luego, no seré yo.
No seré yo, que jamás me he vestido de nazareno, ni disfruto especialmente portando las imágenes de nuestro Señor o de la Madre de Dios, ni me gustan las saetas, ni voy a misa regularmente, ni me acuerdo de respetar la vigilia y la abstinencia en Cuaresma…
No seré yo quien abra mi boca o coja mi pluma para criticar la actitud del que suda su túnica en silencio o se destroza el lomo por pasear a la imagen de su Cristo o su Virgen por las calles de su ciudad. No seré yo quien ridiculice a la  mujer que se viste de mantilla para expresar con respeto y en silencio su dolor en la semana de la Pasión.
No seré yo quien dude de la fe de cada uno.
No seré yo quien ofenda a nadie ni se considere ofendido por quienes no hacen sino manifestarse libre y pacíficamente en torno a unas creencias que, se mire como se mire, no hacen el menor daño.
Y tampoco seré yo quien se escandalice ni señale ante algunos que aprovechan el momento para medrar, destacar o simplemente dejarse ver.
No seré yo quien juzgue.
Y no seré yo quien se ría.
Tampoco me veréis con el cucurucho y el cirio, eso sí que es verdad.
Pero rezaré con toda mi alma para que los que viven la Pasión de esta forma puedan seguir haciéndolo muchos años; los que lo hacen de corazón, con todo el corazón, los que lo hacen de verdad, con toda la verdad del mundo, los que lo hacen con fe, con la mejor fe.
Y si hay alguno que pasea el palmito sin corazón, sin verdad o sin fe, pues… peor para él.  Me da un poco de pena… pero lo respeto.
A los demás, desde mi altozano silencioso donde yo rezo mejor porque no escucho  tanto los tambores y las trompetas, todo el amor del mundo.
Al creyente, al hombre de Dios, por favor, no tocádmelo.
Feliz Pascua de Resurrección.

PD. No tengo nada en contra de las bandas de música, pero es que me voy con el ritmo y no me concentro.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Dos otoños.

Con cariño para mis amigos Jaume y Montse.


Hay días que parecen hechos para la reflexión como hay días que piden al cuerpo unas migas o una ducha calentita. Quieres conceptualizar, elaborar hipótesis, llegar a conclusiones… Esperas que el primer incauto se te acerque en la parada del bus o en el camino hacia el trabajo para decirle que no a lo que sea y después razonárselo.
Hoy es uno de esos días.
Inmerso en tus cavilaciones, más que caminar, sobrevuelas la acera rumbo a la oficina. Sientes una especie de energía renovada e inexplicable, difícilmente atribuible a la cafeína del primer “solo” de la mañana que cayó hace más de una hora mientras te afeitabas.
 Hay algo en el aire.
La mañana, desde luego, es algo más fresca que las anteriores.
Y la luz.
Esta luz es algo más intima. Parece que acaricia.
Pero no admite reflexión. La luz del otoño no vale para eso. Sólo puedes dejar que te envuelva y te sosiegue, que te acompañe, que te susurre cosas.
Tu mente sigue a su bola. Tienes más de cincuenta años y es raro el día en que ella no te sorprende yendo por un camino diferente al tuyo.
Sobre el asfalto encuentras alguna hoja caída, de momento no demasiadas.
“Es todo muy metafórico”-piensas. Una ciudad despertándose esperanzada, un día fresco de principios de otoño y un fulano que ya dejó atrás muchas primaveras, camino del trabajo pero extrañamente impregnado de una peculiar y chispeante positividad.
Meditas sobre el verano que ha quedado atrás. Y como estás reflexivo, pero que muy reflexivo, concluyes que el verano es un coñazo.
Ahora sólo quieres algo de fresco, fresco en el aire, fresco en el ambiente, fresco en tu vida, fresco sereno y revitalizante… frescor de ideas, frescor en tus relaciones, frescor -si así lo quieres- salvaje como el de los limones aquellos del caribe, frescor inmenso y vital…
Y es que, en definitiva, los otoños vienen  a ser eso, el fresco y la serenidad de nuestra existencia; los dos, los dos otoños: el que hace que los árboles reluzcan altivos en mil tonos de sepia, rojo y dorado y el que hace que las personas se adornen de plata, silencios y recuerdos.
Los otoños, los dos, el cíclico y estacionario de cada año, y el de la vida, que acorta nuestros pasos y alarga nuestros silencios, suponen una inyección de energía reposada y limpia.
 La naturaleza no creó el otoño para que nos enamoráramos, esas tonterías se hacen en primavera, pero sí para que recordáramos con esas hojas secas movidas por el poniente, cada uno de nuestros amores,  nuestras aventuras y nuestros deseos.
Y por si fuera poco… están las castañas.
El aire se llena de ese inconfundible y casi sólido aroma de las castañas asadas. Y la magia renace como cada año en cada esquina.
Sigues reflexionando, esta vez sobre las humildes y prosaicas castañas.
Recuerdas -recuerdos otra vez- aquella tarde en que Montse y Jaume te llevaron a cogerlas al Montseny. Por entre las flores azules de la genciana, caminabas y aprendías, y al tiempo, llenabas tu alforja de castañas y tu corazón de amigos.
Aquella noche en una pequeña casa rural en Viladrau, pintamos el otoño con historias, volamos muy lejos con el vino, y engañamos al tiempo con castañas.
Sigues tu camino.
Estás un poco cansado.
Tanta reflexión…
Ya no eres joven. No estás para trotes. Eres un hombre… maduro.
 A la gente como tú que ha hecho algo en la vida, es ahora cuando le empiezan a hacer eso tan horrible que le hacen a los que tienen la desfachatez de irse muriendo, como las hojas de los árboles, con lentitud y estudiada parsimonia: los homenajes.
Eres, y para reconocer eso no hace falta mucha reflexión, un pobre diablo. A ti nunca te darán un homenaje en el otoño de tu vida. Nadie cantará las excelencias de tu obra ni dedicará una calle a tu memoria.
¿Nunca?
Te rebelas.
Todos los seres humanos, por el mero hecho de aguantar de pie con la que “siempre está cayendo”, nos merecemos un homenaje. Se trata tan sólo de escoger sabiamente a la persona encargada de oficiar la ceremonia. Alguien que te quiera bien, que te respete, que te conozca…
Reflexionas.
Y te diriges a la confitería de tu amigo Paco.
Sales de allí con un paquetillo. Luces una enigmática sonrisa.
Caminas unas decenas de metros y, después de sacudir con el dorso de la mano un par de hojas secas que caen al suelo,  te sientas en un banco de hierro en plena avenida. Al solecito. Al solecito de otoño.
Desatas la cinta celeste que cierra el envoltorio de tu  paquetillo.
Lo abres.
Ahí está tu homenaje.
Un homenaje de huevos, harina y pisto con algún toque secreto y sublime, casi de otro mundo.
Ojalá la vida también te ofreciera para el alma, “empanadillas del Gurugú”.
Ojalá todo fuera tan sencillo.
Ojalá siempre fuera otoño.

sábado, 9 de agosto de 2014

El reborde plateado.

En ese extraño juego de poleas que rige nuestra existencia, unas veces nuestra ruedecilla baja y otras veces nuestra ruedecilla sube, unas veces gira hacia la izquierda y otras, en cambio, hacia la derecha. Es como si el cielo y la tierra se conjugaran en un misterioso equilibrio para que la maquinaria  de nuestras vidas no se vaya a hacer puñetas.
Hay ocasiones, no obstante, en las que, por no haber engrasado los ejes nos llaman “abandonaos” y nos hacemos la picha un lio tirando de la cuerda que no es o poniendo el dedo justo donde no debíamos. En cierto modo, es como si al ying y al yang de nuestro implacable destino quisiéramos añadirle  un poco de sal y pimienta a fin de hacer el juego más divertido, interviniendo caprichosamente e ignorando de la misma forma que no es sino la vida, la única encargada de administrar ese inexplicable tejemaneje.



Es entonces cuando, en medio de una catástrofe, surge la chispa y aparece alguien que no se lo está pasando tan mal. No hablo de los desalmados que se aprovechan malévolamente del mal ajeno, de los buitres y de los especuladores, de los que trafican y medran con el dolor y la miseria; esos son, básicamente, unos hijos de puta. Me refiero a ese grupo de chavales que, en una calle de Nueva Orleans, con el agua por la cintura tras la horrible devastación causada por el temible huracán Katrina en 2005, juegan con una tabla de surf y un perro vestido de los “Rockets”. O a esa romántica pareja de jóvenes que practicaba el patinaje artístico sobre las congeladas aguas del Volga durante la fatídica ola de frio que martirizó a los rusos aquel crudo invierno de 2012.
Son destellos.
Son ramalazos.
Son señales.
Son, a mi entender, las pruebas irrefutables de que la grandeza del ser humano tiende a manifestarse en su máximo esplendor, cuando alrededor reinan la devastación y la desgracia.
Es aquí donde surgen los héroes, donde aparece la solidaridad, donde la abnegación llega, a veces, a límites irracionales y donde, casi siempre, también estalla ese momento mágico de encontrarle al temporal el lado bueno por difícil que parezca y por escondido que pueda estar.
Uno termina por esperar con morbosa impaciencia las imágenes del terremoto, del tornado o de la inundación en los noticieros de la tele. Sabes que ha sido terrible, que ha habido una cantidad de victimas aterradora, que la situación es dramática en extremo y, de pronto, ves a unos chiquillos lanzarse al río desde un puente de piedra partido en dos por los efectos del seísmo. Saltan alegres al agua y chapotean felices, rodeados de cascotes y de ruinas, ajenos momentáneamente al cruel panorama que les rodea.
El ser humano es increíble. Somos –me incluiré- capaces de hacernos un batido con el coco que acaba de caernos sobre la cabeza. En realidad es como si después de un imaginario accidente a resultas del cual la humanidad hubiera perdido las piernas, determinados individuos aún sacaran ánimo y fuerzas para iniciar una conga sandunguera.
Atravesamos tiempos difíciles, no cabe duda, pero, como decía Rabindranath Tagore, “No hay nube, por gris que sea, que no tenga su reborde plateado”. ¿Se habría fumado algo el día en que pergeñó tan singular axioma? No dispongo de datos acerca de las adicciones del simpático bengalí, en todo caso,  por tener mucho que ver con la idea central de este modesto escrito y porque los suecos le dieron el Premio Nobel, que es como un beso de amor, que no se le da a cualquiera, no tengo más remedio que citarlo y considerarlo.
Si el ser humano, en general, sabe sacar en momentos de crisis, lo poco de bueno que pueda quedar entre los  restos del naufragio, de la gente de Melilla no te quiero ni hablar. Somos expertos en volver del final del túnel y dejarlo, ya de paso, perfectamente alicatado. Podemos, cuando llega la ocasión, rentabilizar ese ínfimo, casi imperceptible porcentaje de optimismo que queda entre los árboles tumbados por la tormenta. Un pueblo que se las ha visto con cañaillas desde los albores de la civilización sabe lo que es luchar hasta el final para sacar lo mejor cuando parece que no queda nada.

Y aquí llega mi amiga Pilar.
Y una noche estamos charlando de lo mal que están las cosas, de la frontera, de la puta valla, de yoquesé, de queseyó…
Y al día siguiente la veo de chatos con un mozo guapísimo, fuertote, de preciosos ojos verdes…
-¿Y esto, Pilarita?
-Es guapo, ¿eh? – me susurra al oído con coqueta confidencia.
“Desde luego que sí” pienso. “Mucho más que yo, que ya es decir”.
-Es poli. Ha venido para lo de la frontera –me explica.
Veo en sus ojos, en los dos de ella y en los dos del mozo, un brillo especial, mágico e inmarcesible. Mi condición de romántico desfasado me lleva a imaginar historias: la de un centurión enamorado de una bella princesa egipcia, compartiendo una cerveza, una tarde de calima a la verita del Nilo; la de un viril vikingo de rubias guedejas y hacha ensangrentada por la batalla recogiendo orquídeas para regalarlas luego, con la dulzura de un ternerillo, a la hija del jefe Ostergäard, de Ludkolsgïn, cerca del valle Heïnzerbur ut Malmöe, y otras gilipolleces por el estilo.
Quiero saber más. Esta historia me gusta.
Me cuentan más.
Hasta hace cierto tiempo, un Guardia Civil digamos… tipo, parecía venir equipado de serie con un bigote más o menos poblado y, en muchas ocasiones, con una talega considerable. De igual forma, en el Cuerpo Nacional de Policía, el culto al otro cuerpo (al físico, quiero decir) no se consideraba prioritario. La eficacia y la profesionalidad de nuestros agentes de seguridad, legendarias en todo el mundo conocido, no pasaban necesariamente por la obligación de tener unos bíceps poderosos o un trasero bien torneado. Pero ahora, a esa increíble e inigualable calidad de nuestros muchachos, hay que sumar el hecho incuestionable… de que están buenísimos.
Ellos… y ellas.
Porque  esa es otra. Casi cada mes nos llegan de la península decenas de hombres y mujeres que vienen a ofrecer lo mejor de su formación en aras del normal desenvolvimiento de nuestra vida civil. Todos vienen a trabajar y a hacerlo con seriedad y con absoluta dedicación.  Se han convertido en una estampa más de nuestra vida, de nuestros días… y de nuestras noches.

Ese quizá sea, en cierto modo, el reborde plateado de toda esta trágica y oscura nube de la inmigración ilegal, de los frecuentes errores políticos, de nuestra consuetudinaria indignación y de la valla… -¿cómo era? ¡Ah! ¡Si!- de la valla de los cojones.
Me contaban, decía, que ya son varias las parejas que se han formado a raíz de estas temporales y forzadas visitas, que algunos y algunas, hasta han empezado a revolver papeles para venirse desde Lugo, o Barcelona, o Mondoñedo, o desde Dios sabe dónde.
Melilla es mucha Melilla.
¿Qué pensabais? ¿Qué no os ibais a enamorar? ¿Eh? ¿Tipos duros?
Melilla es mucha Melilla.
Aquí, las poleas de la maquinaria se mueven un poco a nuestro aire.

Y algunas veces, entre el ying y el yang aparecen unos ojos verdes.

jueves, 31 de julio de 2014

La victima imprecisa.


El ser humano, aunque en ciertos aspectos pueda parecer el miembro más aventajado de una especie que en sus orígenes fue muy peluda y bastante fea, no puede por menos de conservar ciertos hábitos primitivos que no solo traslucen a la hora de procrear, alimentarnos o matarnos vivos, sino en situaciones mucho más complejas y de más difícil interpretación.
Desmond Morris, en su célebre ensayo “El mono desnudo (1967)” nos atribuye a los humanos, como principal seña diferencial con respecto a los primates, el dudoso mérito de haber ido perdiendo progresivamente el pelo para ir adoptando en sustitución del mismo diferentes tipos de vestimenta y multitud de complementos absurdos a juego. Algunos, esto de perder el pelo, lo hemos hecho, además, sin el menor glamour.
Obviando esta trivialidad del vello corporal, parece ser que los humanos no estamos tan por delante de nuestros parientes más feúchos.


En un hipotético “ranking” de felicidad básica, por ejemplo, me consta que los grupos étnicos más satisfechos con su existencia son los que, aislados del resto de la humanidad, viven a la vera de pequeños riachuelos perdidos en Papúa Nueva Guinea, o desperdigados por las selvas de Borneo o de Tanzania en pequeñas comunidades absolutamente ajenas a todo aquello que no sea cazar un  yoquesé para la cena o asegurarse un buen revolcón antes de la ceremonia del Bumba-bumba, o como se llame, o después de las lluvias del mediodía. El día que les lleven su primer “aipad”, los han jodido.
Porque yo creo que al ser humano, lo hemos jodido. Lo hemos jodido con las pijadas, con las tonterías y con las corbatas.
¿Para esto hemos evolucionado?
¿Esto es lo que quería el Señor cuando decidió pasarse toda una tarde con el “Barronova” haciendo sus muñequitos?
Y eso que eligió –supongo- barro de primera calidad. ¡Si se llega a poner a jugar con el “Mierdonova”…!
Esos documentales soporíferos de “La 2” o del “Discovery Channel” que se empeñan cada tarde en mostrarnos la patética –y corta- existencia del ñu del Serenguetti, a veces se descuelgan de su línea herbívoro-ungulada y se entretienen con un grupillo de gorilas de montaña de Rwanda o con una familia de orangutanes de Sumatra y, a poco que observemos el sosegado devenir de estas comunidades, saltan a la vista actitudes, pautas, patrones y conductas infinitamente “humanas”. Actitudes del “humano que debió ser”.
Hay violencia, pero reviste la forma de estallidos puntuales, y nunca premeditados, cuya extensión temporal suele ser mínima y con la única pretensión de asegurar un orden más o menos lógico en la normal convivencia de los individuos que habitan el mismo nicho ecológico. No hay revanchas, no hay bandas, no hay ensañamiento. Un gorila de espalda plateada te puede reventar la cara de un hostiazo, para eso, entre otras cosas, sus doscientos kilos de puro músculo, pero lo hará sin acritud, sin mala leche, lo hará tal cual. Tú te acordarás toda la vida del leñazo, pero él, seguro que mañana lo ha olvidado.
Añoro los tiempos en que los humanos éramos así.
Añoro cuando la violencia era puro instinto. Echo de menos esa nobleza ancestral del vencedor con el vencido y esa magnífica inteligencia práctica de la víctima que sutura sus heridas con orgullo y vuelve a casa sin alharacas pero con la satisfacción de haber luchado y haber perdido con dignidad.
Hay razas que se extinguen sin remedio y sólo después de certificar su desaparición llegamos a valorarlas en su justa medida. En cierta ocasión conocí a un “carterista” de renombre. Era un malagueño enjuto, de tez oscura y manos suaves y nudosas; vestía impecable terno gris marengo y sombrero de fieltro negro. Nadie hubo jamás con tal destreza a la hora de dejar vacíos los bolsillos de una persona. No recuerdo su nombre. Pero sí recuerdo lo que de él me contaron: “Siempre devuelve las carteras a sus propietarios. Las remite por correo a sus domicilios”.
-¿Para qué joder más de la cuenta? –decía el hombre.
Antes, el enemigo te miraba a la cara. Te valoraba. No se escondía.
Ahora, contemplo con tristeza la forma en que  ha cobrado importancia y peligrosa legitimidad el daño a la víctima imprecisa.
Detrás de una mesa de despacho, al otro lado de la línea telefónica, escondidos y acechantes en “la Red”, los nuevos delincuentes se escudan en el anonimato más cobarde y, las más de las veces, ni siquiera parece que te están robando o te están agrediendo. Ni siquiera existe esa violencia remota e instintiva. Racial.

Miles de millones vuelan al extranjero sin que, desde casa, percibamos el más leve movimiento, ni un mínimo pestañeo. Se compran bancos, se evaden impuestos, se liquidan empresas millonarias que no figuran sino en la ininteligible realidad de los papeles pautados y en la impalpable ficción de los datos informáticos, y todo, sin que parezca en absoluto que hay una “victima”.
Siempre hubo violencia.
Siempre hubo crímenes.
Siempre habrá delincuentes.
Pero cada día estoy más convencido de que el hombre se ha saltado  millones de años en la escala evolutiva, adelantando por la derecha a especies que se lo merecían más que nosotros.
Los “Korowai”, los “Yanomami” o los “Kayapó” podrán matarte llegado el caso, si les chuleas y tal, pero siempre te mirarán a la cara mientras te rebanan el cuello.
Y un orangután jamás roba si no lo necesita.

Pero nosotros… Nosotros, amigos mios, es que somos “civilizados”.

miércoles, 25 de junio de 2014

La verdad sobre los tasteros. Una historia real.


 Mi trastero y mi cerebro son muy similares. Ambos son un caos. Los dos están llenos de cosas perfectamente inútiles, absolutamente ordenadas y de cosas que me hacen falta pero que no encuentro porque no sé donde leches las he guardado.
Dicho esto, tengo que admitir que mi cerebro me preocupa bastante menos por dos motivos, a saber: el tamaño y la proximidad.
Mi cerebro es más chiquitillo y manejable y aún tiene mucho espacio disponible, de hecho, mi mujer piensa que lo tengo casi hueco.
Mi cerebro, además, suele encontrarse allá donde el Señor, en su infinita sabiduría, tuvo a bien implantármelo, es decir, justo en pleno tarro; es por ello que lo tengo siempre a mano y no tengo que bajar cuatro pisos cada vez que tengo que buscar algo.
Un trastero, amigos míos… un trastero es otra cosa.
El trastero es una cruz en la vida de la mayoría de los mortales. Tengo que reconocer que, en mi caso, a fuer de que se me tache de victimista, es un auténtico calvario. Es mi Gólgota, mis Termópilas, mi Peste Negra, mi Rendición de Okinawa, mi concierto de “Pitingo and friends” … ¡un horror!
Todo empieza cuando ves que va cambiando el tiempo, comienza a refrescar y tu contraria inicia su simpático torpedeo con frases como “Esta blusa ya no me la puedo poner. Es muy de verano” o “No encuentro el polito ese de entretiempo que me pongo yo siempre por estas fechas”.
“¡Ostias!” pienso yo. Y pongo el cronómetro en marcha.
Doce segundos y cuatro centésimas más tarde llega la estocada del Juli, el guantazo de Tyson, la sentencia de la Pantoja… se abre la caja de Pandora.
“Habría que bajar al trastero…”
Jamás adopta la forma de una oración imperativa al uso clásico, es más bien una sugerencia impersonal y ambigua, como casual. Es como la bellota de la dehesa salmantina que cae al suelo, inocente y sin criterio, para que el guarro más tonto venga y se la coma, ajeno al hecho de que esa misma bellota lo acerca irremisiblemente al matadero, gordito e insensato como él solo.
-¡Vale! –accedo. Mañana mismo bajo.
-¿Mañana?
Veo en su rostro una sonrisa extraña que me resulta familiar  porque la he visto en su cara algunas veces, y por que también la he visto en la de Hanníbal Lecter en  cualquiera de sus tres pelis. Mi cuerpo se estremece de pánico y también del propio estremecimiento.
-¡Vale! ¡Entonces, esta tarde bajo!
-¿Esta tarde?
La suerte está echada. El péndulo de Allan Poe ha dejado de pendulear. Tengo el vello erizado como la madre de todas las escarpias.
Recojo mi llaverito y me dispongo, cabizbajo y resignado a cruzar el Caronte maldito y a adentrarme en los infiernos.
El hecho diferencial es que cuando vas al infierno de verdad, el de quemarte y tal, nadie te dice “Pues mira, ya que bajas, podías llevarte estas dos maletas”, que luego son dos maletas, tres ventiladores, dos bolsas enormes llenas de toallas y bañadores, dos sombrillas de playa y una caja con mierdas variadas de dudosa utilidad que no se pueden tirar a la basura porque “pueden hacernos falta el día menos pensado”.
Lo cojo todo y me dirijo al ascensor, cargado como una burra en un belén.
Lo llamo con el codo porque con las manos es imposible. Llega. Se abre la puerta. Entro.
La bolsa de las toallas se ha resbalado del hombro y ha ido a parar al codo.
Ya no puedes apretar el botoncillo del garaje, ni con el codo ni de cualquier otra forma convencional y digna. Por mi carácter latino y mediterráneo, se me ocurre otra forma de apretar el botón de la letra G, pero mi natural pudor me obliga a desecharla de inmediato.
Es ahora cuando doy gracias al cielo por mi nariz. La uso hábilmente.
Vuelvo a dar gracias porque no hay nadie presenciando mi patética maniobra ni cámaras de seguridad que puedan después dejar constancia.
Llego por fin al trastero, pateando por todo el garaje la cajita de las mierdas que se me había caído.
Ahí está. Es el número 31.
Tiro todo al suelo.
Ahora tengo las manos libres y puedo meter la llave en la cerradura. La puerta se abre… casi.
¿Qué mierda pasa ahora? ¿Por qué la puerta no se abre del todo?
Asomo el morro tibiamente, como hacía Platero con las florecillas rojas, celestes y gualdas.
Una estufa vieja y dos sacos de dormir, tiempo ha que cayeron de donde alguna vez las puse y ahora bloquean el normal devenir de la puerta del siniestro habítáculo.
“No hay cámaras”, recuerdo, y le endiño una patada a la estufa a través de la reducida abertura con lo cual dejo parcialmente expedito el acceso a la cámara de los horrores.
Es entonces cuando oigo el “buuuumba” tras la puerta violentada.
Una caja de cartón con todos los apuntes de cuando mi abuela estudiaba para ingeniero de montes en Jaén se acaba de desplomar de lo alto de una estantería de metal gris como mi suerte. En su día no se tiraron porque uno nunca sabe cuando a ti o a tu tía Maricarmen, la de Algeciras os puede apetecer estudiar Ingeniería de Montes en Jaén, que es tan bonito a pesar de las cuestas.
Voy metiendo el cuerpo a duras penas y, una vez dentro, escruto, ojeo, contemplo, analizo… y lloro.
En el reducido espacio de esos tres metros cuadrados en los que no cabe ni un alfiler, tengo que encontrar una maleta con ropa de invierno. Tengo después que sacarla y llevarla al piso. Y en el espacio que deja la maletilla graciosa, tengo que meter otras dos, los tres ventiladores, las toallas, las sombrillas… y las mierdas.
Tres cuartos de hora más tarde, sudoroso, envejecido, desmadejado, flojo y triste como un perrillo abandonado, doy por concluida mi misión.  ¡Vuelvo a la base! ¡Corto y cierro!
Cierro malamente, porque oigo que algo se ha caído, pero cierro.



Después de mi odisea, mi Penélope sí que me espera en casa.
-¡Que bien, chati! ¿Ves como no era para tanto? ¡Si es que eres más apañao!
“Ayyy” suspiro. ¡La quiero tanto…!
-Y te habrás acordado de subirte la mochila de los niños, que se van de campamento el jueves, ¿no?
“¡Mierda! ¿Qué mochila? ¿Qué niños? ¡Que puto campamento de los cojones?” pienso.
-Pues mañana… ya sabes.
Es como si le hubieran dicho a Tom Hanks “Pero bueno, ¿y el soldado Ryan? ¿Andestá?”
Me voy al cuarto de baño y me encierro por dentro. Me ducho para quitarme los malos espíritus. Lloro de nuevo.
Me miro en el espejo y vuelvo a ver la cara de Hanníbal Lecter.
Pero ahora soy yo.
Y ahora Hanníbal no sonríe.
No tiene ganas.

Ni chispa.

domingo, 4 de mayo de 2014

Nos vamos de boda.


Las bodas, al contrario que las natillas, no a todo el mundo le gustan.
Yo, para ser sincero, las considero fascinantes. Me refiero a las  bodas, no a las natillas, que también lo son, pero a su manera, y que por su escasa variedad en la oferta (con o sin galleta) no merecen, de momento, un análisis especial.
Una boda recrea ante el espectador un universo de sensaciones.
Una boda saca lo mejor y lo más especial de cada uno.
Una boda es un acto sublime y extraordinario.
No hay nada mejor en este mundo que el hecho de que te inviten a una boda.
Recibes la invitación, ese pedazo de cartón, soberbia y atractivamente decorado, cuyo diseño suele ser unas veces cursi y otras hiperflorido, pero  no tienes tiempo de apreciarlo en toda su belleza porque ya estás mirando el número de cuenta del Santander Central Hispano o de La Caixa o del Transat United of Caiman Islands que venía en una “tarjetita” ( a esta se le suele llamar “la tarjetita de los cojones”) algo menos florida, y has empezado a hacer cuentas mentales de lo que le vas a ingresar a los contrayentes. Diecisiete euros te parece poco, y más o menos es lo que te queda si vas a tener que ir a Salamanca o a Mondoñedo, o a donde quiera que sea el día quince y vas a tener que comprarte un traje nuevo porque eres un caso perdido, te has dejado, y con “el traje de las bodas”, que ya no te abrocha, vas hecho un payaso.

Y luego viene lo de “¡Joder! ¿El día quince? ¡Mierda!”
Porque una boda siempre cae el día que tenías planeado hacer algo divertido como una barbacoa en la casa de tu mejor amigo, que tiene piscinita y todo,  o una fiesta ibicenca en la playa de los Cárabos.
Tomas aire, te sosiegas, recapacitas…
Bueno. Después de todo, se casa Antonio. Es tu amigo. Con él has compartido incontables experiencias, noches de fiesta, viajes, secretos… Y que se case con Silvia, la chica de la que estuviste toda la vida enamorado como un idiota sin que te hiciera ni el menor caso, no quiere decir nada.
Bueno, quiere decir bastante, pero puede que ahora no sea el momento de recordar lo arrastrado que fuiste siempre.
Te sientas jugueteando con la tarjeta del código bancario en las manos y te pones a teorizar.
Que una pareja se quiera es bonito. Y si deciden unirse ante Dios o ante los hombres de forma más o menos solemne, pues mira, a otros les da por coleccionar tapas de petisuis.
Las ceremonias religiosas tienen su aquel, pero en lo que hemos avanzado verdaderamente es en las ceremonias civiles.
Recuerdo una ocasión en la que unos amigos se casaron en el ayuntamiento porque no querían “hacerlo por la iglesia” y resulta que les leyeron los Hechos de los Apóstoles, las cartas de San Lucas a los Adefesios y hasta les cantaron el Ave María; el de Shubertt, no el de Bisbal que, hasta cierto punto, habría sido más lógico.
Con otro amigo mío fui en cierta ocasión a hablar con el concejal que iba a oficiar su enlace civil en el ayuntamiento de la ciudad:
-Te puedo ofrecer una ceremonia larga o una corta –expuso el solícito concejal.
-Me haces la corta y me la abrevias –respondió mi amiguete.
Quizá fuera una premonición porque en pocos días mi amigo estaba tramitando el divorcio, esta vez no sé si en ceremonia corta o larga.
De todas formas, lo mejor de las bodas, obviamente, es la celebración, la fiestita, el… ya sabes.
Siempre he pensado que la participación de los hombres en las bodas obedece a una milenaria tradición de cazadores-recolectores.
Un soltero en una boda viene a ser, en muchos casos, como un neanderthal inquieto en un páramo abarrotado de mamuts. Hay un montón de “niñas monísimas” que no paran de ir de aquí para allá haciéndose fotos con el teléfono y él está a dos velas. Se ha gastado un pastón en el trajecillo y la corbata. Está –él lo sabe- guapo a rabiar. Sería una pena no acertarle al bicho en toda la trompa.

Los casados son otra cosa. Los casados hacen piña, especialmente después del vals, justo en el momento en que alguien anuncia que la barra libre ha empezado a funcionar. Hacen piña… y meten tripa.  Y recuerdan aquellos tiempos en que, cada vez que acudían a una boda, alguien les preguntaba con la sorna característica “¿Y la tuya para cuándo?” 
“¡Ah!” piensan para sus adentros. “¡Qué felices éramos!”.
Y lo piensan para sus adentros pero no muy fuerte porque están metiendo tripa.
Las señoras, creo yo,  disfrutan el doble que los hombres.
Porque a la excitación del hecho en sí, a la alegría y la felicidad que el singular acontecimiento provoca de forma más o menos lógica, se añade la vertiginosa y grandiosa experiencia de… vestirse.
No se trata de elegir el vestido más bello o el que mejor resalte sus naturales encantos. Se trata, además, de elegir algo especial sin que lo sea en exceso. Y, desde luego, algo que no haya elegido simultánea y vilmente alguna de sus amigas, o todas, que se han dado casos.
En cierta ocasión, andaba yo con mi contraria, de escapadita romántica en Ronda. El calor –la calor, como allí se estila decir- era agobiante. Las campanas de la iglesia de Santa María la Mayor estaban a punto de dar las doce y allá arriba de la cuestecilla se arremolinaban inquietos los elegantísimos invitados a una boda de tronío.
Acabábamos de visitar la iglesia y bajábamos hacia el hotel cuando vimos a una chica con un modelazo gris de nohequé con tocado de nohecuántos y taconazos vertiginosos que no impedían, no obstante, su garboso ascenso hacia el templo.
-¡Que guapa va! –exclamó mi Virgi.
-¡Y que original! –añadí por mi parte.
Cuando al cabo de unos minutos vimos subir a la segunda chica, un escalofrio mortal nos sacudió la espalda. Mismo modelo… mismos zapatos… mismo tocado de nohequé…
No hizo falta decirlo. Virgi y yo, simplemente nos miramos y nos dimos la vuelta para reiniciar el ascenso en pos de la segunda top model.
Una vez arriba, la escena que contemplamos bajo los  centenarios soportales del hermoso templo rondeño fue inolvidable. El silencio… las miradas… Se podía oir el latido de los corazones. Solo faltaba el “Directed by Quentin Tarantino”.
Lo cierto es que estos meses primaverales vienen cuajados de bodas y de historias de amor y hay que vivir con ello como con las alergias, que también vienen por las mismas fechas y son casi igual de entretenidas.
Espero que nos veamos en alguna boda cualquier bonito domingo de Mayo.

Por si tenéis duda, yo soy el calvo del traje negro que  hace piña y mete tripa.