miércoles, 25 de junio de 2014

La verdad sobre los tasteros. Una historia real.


 Mi trastero y mi cerebro son muy similares. Ambos son un caos. Los dos están llenos de cosas perfectamente inútiles, absolutamente ordenadas y de cosas que me hacen falta pero que no encuentro porque no sé donde leches las he guardado.
Dicho esto, tengo que admitir que mi cerebro me preocupa bastante menos por dos motivos, a saber: el tamaño y la proximidad.
Mi cerebro es más chiquitillo y manejable y aún tiene mucho espacio disponible, de hecho, mi mujer piensa que lo tengo casi hueco.
Mi cerebro, además, suele encontrarse allá donde el Señor, en su infinita sabiduría, tuvo a bien implantármelo, es decir, justo en pleno tarro; es por ello que lo tengo siempre a mano y no tengo que bajar cuatro pisos cada vez que tengo que buscar algo.
Un trastero, amigos míos… un trastero es otra cosa.
El trastero es una cruz en la vida de la mayoría de los mortales. Tengo que reconocer que, en mi caso, a fuer de que se me tache de victimista, es un auténtico calvario. Es mi Gólgota, mis Termópilas, mi Peste Negra, mi Rendición de Okinawa, mi concierto de “Pitingo and friends” … ¡un horror!
Todo empieza cuando ves que va cambiando el tiempo, comienza a refrescar y tu contraria inicia su simpático torpedeo con frases como “Esta blusa ya no me la puedo poner. Es muy de verano” o “No encuentro el polito ese de entretiempo que me pongo yo siempre por estas fechas”.
“¡Ostias!” pienso yo. Y pongo el cronómetro en marcha.
Doce segundos y cuatro centésimas más tarde llega la estocada del Juli, el guantazo de Tyson, la sentencia de la Pantoja… se abre la caja de Pandora.
“Habría que bajar al trastero…”
Jamás adopta la forma de una oración imperativa al uso clásico, es más bien una sugerencia impersonal y ambigua, como casual. Es como la bellota de la dehesa salmantina que cae al suelo, inocente y sin criterio, para que el guarro más tonto venga y se la coma, ajeno al hecho de que esa misma bellota lo acerca irremisiblemente al matadero, gordito e insensato como él solo.
-¡Vale! –accedo. Mañana mismo bajo.
-¿Mañana?
Veo en su rostro una sonrisa extraña que me resulta familiar  porque la he visto en su cara algunas veces, y por que también la he visto en la de Hanníbal Lecter en  cualquiera de sus tres pelis. Mi cuerpo se estremece de pánico y también del propio estremecimiento.
-¡Vale! ¡Entonces, esta tarde bajo!
-¿Esta tarde?
La suerte está echada. El péndulo de Allan Poe ha dejado de pendulear. Tengo el vello erizado como la madre de todas las escarpias.
Recojo mi llaverito y me dispongo, cabizbajo y resignado a cruzar el Caronte maldito y a adentrarme en los infiernos.
El hecho diferencial es que cuando vas al infierno de verdad, el de quemarte y tal, nadie te dice “Pues mira, ya que bajas, podías llevarte estas dos maletas”, que luego son dos maletas, tres ventiladores, dos bolsas enormes llenas de toallas y bañadores, dos sombrillas de playa y una caja con mierdas variadas de dudosa utilidad que no se pueden tirar a la basura porque “pueden hacernos falta el día menos pensado”.
Lo cojo todo y me dirijo al ascensor, cargado como una burra en un belén.
Lo llamo con el codo porque con las manos es imposible. Llega. Se abre la puerta. Entro.
La bolsa de las toallas se ha resbalado del hombro y ha ido a parar al codo.
Ya no puedes apretar el botoncillo del garaje, ni con el codo ni de cualquier otra forma convencional y digna. Por mi carácter latino y mediterráneo, se me ocurre otra forma de apretar el botón de la letra G, pero mi natural pudor me obliga a desecharla de inmediato.
Es ahora cuando doy gracias al cielo por mi nariz. La uso hábilmente.
Vuelvo a dar gracias porque no hay nadie presenciando mi patética maniobra ni cámaras de seguridad que puedan después dejar constancia.
Llego por fin al trastero, pateando por todo el garaje la cajita de las mierdas que se me había caído.
Ahí está. Es el número 31.
Tiro todo al suelo.
Ahora tengo las manos libres y puedo meter la llave en la cerradura. La puerta se abre… casi.
¿Qué mierda pasa ahora? ¿Por qué la puerta no se abre del todo?
Asomo el morro tibiamente, como hacía Platero con las florecillas rojas, celestes y gualdas.
Una estufa vieja y dos sacos de dormir, tiempo ha que cayeron de donde alguna vez las puse y ahora bloquean el normal devenir de la puerta del siniestro habítáculo.
“No hay cámaras”, recuerdo, y le endiño una patada a la estufa a través de la reducida abertura con lo cual dejo parcialmente expedito el acceso a la cámara de los horrores.
Es entonces cuando oigo el “buuuumba” tras la puerta violentada.
Una caja de cartón con todos los apuntes de cuando mi abuela estudiaba para ingeniero de montes en Jaén se acaba de desplomar de lo alto de una estantería de metal gris como mi suerte. En su día no se tiraron porque uno nunca sabe cuando a ti o a tu tía Maricarmen, la de Algeciras os puede apetecer estudiar Ingeniería de Montes en Jaén, que es tan bonito a pesar de las cuestas.
Voy metiendo el cuerpo a duras penas y, una vez dentro, escruto, ojeo, contemplo, analizo… y lloro.
En el reducido espacio de esos tres metros cuadrados en los que no cabe ni un alfiler, tengo que encontrar una maleta con ropa de invierno. Tengo después que sacarla y llevarla al piso. Y en el espacio que deja la maletilla graciosa, tengo que meter otras dos, los tres ventiladores, las toallas, las sombrillas… y las mierdas.
Tres cuartos de hora más tarde, sudoroso, envejecido, desmadejado, flojo y triste como un perrillo abandonado, doy por concluida mi misión.  ¡Vuelvo a la base! ¡Corto y cierro!
Cierro malamente, porque oigo que algo se ha caído, pero cierro.



Después de mi odisea, mi Penélope sí que me espera en casa.
-¡Que bien, chati! ¿Ves como no era para tanto? ¡Si es que eres más apañao!
“Ayyy” suspiro. ¡La quiero tanto…!
-Y te habrás acordado de subirte la mochila de los niños, que se van de campamento el jueves, ¿no?
“¡Mierda! ¿Qué mochila? ¿Qué niños? ¡Que puto campamento de los cojones?” pienso.
-Pues mañana… ya sabes.
Es como si le hubieran dicho a Tom Hanks “Pero bueno, ¿y el soldado Ryan? ¿Andestá?”
Me voy al cuarto de baño y me encierro por dentro. Me ducho para quitarme los malos espíritus. Lloro de nuevo.
Me miro en el espejo y vuelvo a ver la cara de Hanníbal Lecter.
Pero ahora soy yo.
Y ahora Hanníbal no sonríe.
No tiene ganas.

Ni chispa.

domingo, 4 de mayo de 2014

Nos vamos de boda.


Las bodas, al contrario que las natillas, no a todo el mundo le gustan.
Yo, para ser sincero, las considero fascinantes. Me refiero a las  bodas, no a las natillas, que también lo son, pero a su manera, y que por su escasa variedad en la oferta (con o sin galleta) no merecen, de momento, un análisis especial.
Una boda recrea ante el espectador un universo de sensaciones.
Una boda saca lo mejor y lo más especial de cada uno.
Una boda es un acto sublime y extraordinario.
No hay nada mejor en este mundo que el hecho de que te inviten a una boda.
Recibes la invitación, ese pedazo de cartón, soberbia y atractivamente decorado, cuyo diseño suele ser unas veces cursi y otras hiperflorido, pero  no tienes tiempo de apreciarlo en toda su belleza porque ya estás mirando el número de cuenta del Santander Central Hispano o de La Caixa o del Transat United of Caiman Islands que venía en una “tarjetita” ( a esta se le suele llamar “la tarjetita de los cojones”) algo menos florida, y has empezado a hacer cuentas mentales de lo que le vas a ingresar a los contrayentes. Diecisiete euros te parece poco, y más o menos es lo que te queda si vas a tener que ir a Salamanca o a Mondoñedo, o a donde quiera que sea el día quince y vas a tener que comprarte un traje nuevo porque eres un caso perdido, te has dejado, y con “el traje de las bodas”, que ya no te abrocha, vas hecho un payaso.

Y luego viene lo de “¡Joder! ¿El día quince? ¡Mierda!”
Porque una boda siempre cae el día que tenías planeado hacer algo divertido como una barbacoa en la casa de tu mejor amigo, que tiene piscinita y todo,  o una fiesta ibicenca en la playa de los Cárabos.
Tomas aire, te sosiegas, recapacitas…
Bueno. Después de todo, se casa Antonio. Es tu amigo. Con él has compartido incontables experiencias, noches de fiesta, viajes, secretos… Y que se case con Silvia, la chica de la que estuviste toda la vida enamorado como un idiota sin que te hiciera ni el menor caso, no quiere decir nada.
Bueno, quiere decir bastante, pero puede que ahora no sea el momento de recordar lo arrastrado que fuiste siempre.
Te sientas jugueteando con la tarjeta del código bancario en las manos y te pones a teorizar.
Que una pareja se quiera es bonito. Y si deciden unirse ante Dios o ante los hombres de forma más o menos solemne, pues mira, a otros les da por coleccionar tapas de petisuis.
Las ceremonias religiosas tienen su aquel, pero en lo que hemos avanzado verdaderamente es en las ceremonias civiles.
Recuerdo una ocasión en la que unos amigos se casaron en el ayuntamiento porque no querían “hacerlo por la iglesia” y resulta que les leyeron los Hechos de los Apóstoles, las cartas de San Lucas a los Adefesios y hasta les cantaron el Ave María; el de Shubertt, no el de Bisbal que, hasta cierto punto, habría sido más lógico.
Con otro amigo mío fui en cierta ocasión a hablar con el concejal que iba a oficiar su enlace civil en el ayuntamiento de la ciudad:
-Te puedo ofrecer una ceremonia larga o una corta –expuso el solícito concejal.
-Me haces la corta y me la abrevias –respondió mi amiguete.
Quizá fuera una premonición porque en pocos días mi amigo estaba tramitando el divorcio, esta vez no sé si en ceremonia corta o larga.
De todas formas, lo mejor de las bodas, obviamente, es la celebración, la fiestita, el… ya sabes.
Siempre he pensado que la participación de los hombres en las bodas obedece a una milenaria tradición de cazadores-recolectores.
Un soltero en una boda viene a ser, en muchos casos, como un neanderthal inquieto en un páramo abarrotado de mamuts. Hay un montón de “niñas monísimas” que no paran de ir de aquí para allá haciéndose fotos con el teléfono y él está a dos velas. Se ha gastado un pastón en el trajecillo y la corbata. Está –él lo sabe- guapo a rabiar. Sería una pena no acertarle al bicho en toda la trompa.

Los casados son otra cosa. Los casados hacen piña, especialmente después del vals, justo en el momento en que alguien anuncia que la barra libre ha empezado a funcionar. Hacen piña… y meten tripa.  Y recuerdan aquellos tiempos en que, cada vez que acudían a una boda, alguien les preguntaba con la sorna característica “¿Y la tuya para cuándo?” 
“¡Ah!” piensan para sus adentros. “¡Qué felices éramos!”.
Y lo piensan para sus adentros pero no muy fuerte porque están metiendo tripa.
Las señoras, creo yo,  disfrutan el doble que los hombres.
Porque a la excitación del hecho en sí, a la alegría y la felicidad que el singular acontecimiento provoca de forma más o menos lógica, se añade la vertiginosa y grandiosa experiencia de… vestirse.
No se trata de elegir el vestido más bello o el que mejor resalte sus naturales encantos. Se trata, además, de elegir algo especial sin que lo sea en exceso. Y, desde luego, algo que no haya elegido simultánea y vilmente alguna de sus amigas, o todas, que se han dado casos.
En cierta ocasión, andaba yo con mi contraria, de escapadita romántica en Ronda. El calor –la calor, como allí se estila decir- era agobiante. Las campanas de la iglesia de Santa María la Mayor estaban a punto de dar las doce y allá arriba de la cuestecilla se arremolinaban inquietos los elegantísimos invitados a una boda de tronío.
Acabábamos de visitar la iglesia y bajábamos hacia el hotel cuando vimos a una chica con un modelazo gris de nohequé con tocado de nohecuántos y taconazos vertiginosos que no impedían, no obstante, su garboso ascenso hacia el templo.
-¡Que guapa va! –exclamó mi Virgi.
-¡Y que original! –añadí por mi parte.
Cuando al cabo de unos minutos vimos subir a la segunda chica, un escalofrio mortal nos sacudió la espalda. Mismo modelo… mismos zapatos… mismo tocado de nohequé…
No hizo falta decirlo. Virgi y yo, simplemente nos miramos y nos dimos la vuelta para reiniciar el ascenso en pos de la segunda top model.
Una vez arriba, la escena que contemplamos bajo los  centenarios soportales del hermoso templo rondeño fue inolvidable. El silencio… las miradas… Se podía oir el latido de los corazones. Solo faltaba el “Directed by Quentin Tarantino”.
Lo cierto es que estos meses primaverales vienen cuajados de bodas y de historias de amor y hay que vivir con ello como con las alergias, que también vienen por las mismas fechas y son casi igual de entretenidas.
Espero que nos veamos en alguna boda cualquier bonito domingo de Mayo.

Por si tenéis duda, yo soy el calvo del traje negro que  hace piña y mete tripa.

jueves, 23 de enero de 2014

El Santo Padre y el soldado Ryan.


Supongo yo que aquel día en plena Segunda Guerra Mundial en que al Capitán Miller (Tom Hanks) le dijeron aquello de “Mira, chaval, te vas, buscas al soldado Ryan, lo rescatas y se lo llevas a su madre sano y salvo, que la pobre mujer está de los nervios”, al ínclito Miller tuvo que sentarle de  maravilla.
-Es fácil- le dijo el Coronel Parker-. Sólo tienes que saltar tras  las líneas enemigas, cruzar media Europa, enfangarte hasta las rodillas en lodo y mierda y vértelas con una pila de nazis cabreados y faltos de sus dosis diarias de  “kartoffen”.  Coges al chiquillo y te lo traes. ¡Pan comido!
Afortunadamente, como al capitán Miller lo mandaron con un grupo de aguerridos marines, el más pequeño de los cuales te podía romper la crisma de un sopapo, la misión tenía, por lo menos en principio, una leve aunque significativa posibilidad de éxito.
Otra cosa es que le hubieran dicho “Mira, pringao, te vas a ir y tal y cual, pero te vas a llevar a seis o siete idiotas contigo”. En ese caso, la misión, o directamente no habría empezado, o no habría terminado bien y el pobre soldado Ryan andaría criando malvas en sabe Dios que oscuro cementerio de la Baja Sajonia, justo donde hacen las famosas salchichas  Bräuwurtenshtrassembaüer.
-Coronel Parker -habría dicho Miller,- con esta manada de cipotes no se puede ir ni a la playa de los Boliches, con que lo de acercarme por la de Omaha, con el debido respeto, ¡un mojón!
Y yo, la verdad, lo habría comprendido.
Para llevar a cabo cualquier misión, especialmente si es delicada, el equipo es fundamental. Impedimenta, víveres, logística e incluso asesoramiento psicológico se hacen cada día más necesarios en cualquier proyecto pero lo más importante es, desde luego, escoger muy bien al socio en la faena.
La vida me ha ido enseñando a escoger pulcra y concienzudamente a mis compañeros de viaje. Algunas veces, el  “Tú si que vales” vital ha sido doloroso, pero es que no puedes ir en este tren de la vida con un gilipollas en el asiento de al lado escuchando a Camela en voz alta todo el rato o sacándose mocos cada diez minutos sobre todo si el trayecto es largo o hay baches en el camino.
La vida de los creyentes entre los que tengo a bien incluirme está salpicada –Dios lo sabe- de cientos de obstáculos. Unos los vas saltando con la fuerza que te da la experiencia y las hostias que te vas llevando en el trayecto; otros te hacen perder un tiempo precioso para, al final y después de casi ceder a la desesperación, terminar rodeándolos no sin cierto remordimiento; en muchos, pierdes el aliento y te cansas… reniegas…
Intentamos no perder esa Fe que tanta falta nos hace y vamos atravesando poco a poco esta autovía hacia el “más pallá” tratando de no dejarnos los cuernos en la primera farola que nos encontramos fuera de su sitio. E intentamos hacerlo con alegría.
A mí me inspiran las palabras de San Bernardo y le hago, quizá, más caso de la cuenta. “Una copita de vino te acerca a Dios”. ¡Grande San Bernardo!
Y me encantan las de San Felipe Neri. “El hombre de Dios ha de tener siempre buen humor”. Además, no encuentro razón para que sea de otra manera.
Por eso cada día me indigno más con quienes se toman a chufla el sagrado mandato bíblico de hacer el bien siempre que se pueda y de no tocarle los huevos al vecino, a no ser que se tenga un motivo bien gordo.
Es verdad que, si quieres, las Sagradas Escrituras las puedes interpretar, puedes relativizar sus contenidos, puedes matizar todo lo que te apetezca… pero al fin y a la postre, y quitando toda la farfolla y la letra pequeña, lo más claro que sacamos es que, si queremos amar a Dios, tenemos que empezar por amar al prójimo, entre otras cosas porque a Dios, hay días en los que es dificilillo verlo, y al prójimo, lo tenemos más a mano.
Mi indignación aumenta cuando son precisamente los que tenían que servir de ejemplo, los que peor nos lo ponen cuando más falta nos hace afirmarnos en nuestras creencias.
En cierta ocasión, charlando con una buena amiga, religiosa por demás, y de las mejores, hablábamos de los problemas de la Santa Iglesia Católica.
-Luz Armenia – concluí diciéndole,- me parece a mí que el peor enemigo que tiene la Iglesia, ahora mismito, es la propia Iglesia.  
No hablaba de los miles de religiosos en zapatillas y vaqueros, que se desviven día a día en la ingrata tarea de seguir el ejemplo de Cristo en la humildad y la caridad, lejos del oropel y de los manifiestos, trabajando a ras de suelo con los que necesitan de la comprensión y de la palabra. No hablaba de los que se mojan, de los que te escuchan, de los que no discriminan, de los que no tienen  miedo a perder nada porque nada tienen…  No hablaba de ellos.
El virus está más arriba, pegado a los micrófonos y a las cámaras, en los despachos, lejos del polvo y el sudor.  Quiero creer que son cuatro gatos, pero están como envalentonados y hacen mucho ruido. Demasiado ruido. Y como en el mundo no hay apenas problemas de los que ocuparse, esta manada de pazguatos amargados y de soplapollas melindrosos y victimistas pierde el sueño y malgasta sus energías en, por ejemplo, repudiar a los homosexuales.
Porque Dios lo explicó bien clarito –por lo visto-. El prójimo tiene que ser, o un hombre o una mujer. Y se acabó lo que se daba. Los demás, o son escoria o es que “están enfermos”. A los gays y a las lesbianas hay que tolerarlos, pero poco más.
Sí. Son humanos. Vale. Pero cuanto más lejos de la Iglesia, mejor.
Amigo Francisco. Tienes por delante una faena importante y hasta la fecha, has venido demostrando una cierta gracia, casi torera. Tienes estampa. Se te ven maneras. En el paseíllo  se te ha visto garboso, con empaque y con salero. Sabemos de tu valor.
Pero vigila un poco a la cuadrilla porque a ti -y a nosotros- nos va la vida en ello. Y si tienes que mandar a alguno a la cola del paro, que no te tiemble la mano.
Los muchachos del Capitán Miller cumplieron con su encomienda y rescataron al soldado Ryan.

Amigo Francisco, tú  tienes ahora otra misión. Tienes que salvar a “otro Ryan”. Pero con este pelotón que estás formando, lo raro será que cuando lo hayas encontrado, no sea el propio Ryan el que te pegue un tiro por la espalda.

sábado, 30 de noviembre de 2013

El barril de pólvora y el gilipollas del mechero.

(Con cariño para mi amiga Magui Olmedo, La Flor de Burgos)

El ser natural de cualquier sitio, las Islas Comores, por ejemplo,  tiene sus inconvenientes y supongo que debe tener también sus  cosas positivas. Aquello es bonito sin llegar a ser lujuriosamente bello, posee un clima razonable dentro de su comorismo, la gente es hospitalaria sin llegar a ser pelma ni pegajosa, hay buena pesca… Digo yo que eso de ser… “de allá” tendrá sus más y sus menos como por lógica debe suceder con casi cualquier otro lugar de la tierra.
Pero el haber nacido en Melilla -cada día lo veo más claro- ha terminado por  tener como principal y único atractivo, que puedes decir que eres… “de acá”.
Y… ¡ya está! ¡Se acabó!
O por lo menos, para eso me parece a mí que estamos quedando los paisanos de esta bendita tierra que limita al este con el mar y a los demás puntos cardinales, con lo que podríamos denominar “la puta valla de los cojones”.
Podría parecer, por la peyorativa descripción de que la he hecho acreedora, que no goza ese monumento de hierro y alambre de una mínima consideración por parte de este modesto escritor, ni en función de su aspecto artístico, ni en función de su más que cuestionable operatividad. Y en realidad, el que así pensase, pensaría bien.
Me explicaré.
Quizá los más jóvenes no recuerden que hace unas décadas, en Melilla no existía una valla de triple paño y siete metros de altura que limitara el tráfico de personas y mercaderías entre este nuestro país y el vecino reino de la siempre simpática y colaboradora monarquía alauita, pero es cierto; no la había.
El melillense típico solía pasar unos quince o veinte domingos al año comiendo arroz o pinchitos en los Pinos y era habitual que los más jóvenes nos diéramos un paseo por los “Pinos morunos” después de comer, paseo durante el cual recogíamos piñas -que entonces, sorprendentemente, tenían piñones- o buscábamos tortugas, o matábamos escorpiones, o nos embadurnábamos con resina las manos, las piernas, la cara y la ropa para que nuestros padres estuvieran supercontentos por la noche.
La separación entre nuestros pagos y los pagos vecinos era puramente testimonial y la alambrada –que sí que la había- consistía en retazos oxidados de irregulares tramos de vallas de cómo medio metro de alto que los chaveas pasábamos sin el menor recato ante los ojos, divertidos a veces y somnolientos casi siempre, del mehanni de turno o del policía de servicio.
Podría decirse que éramos más los que pasábamos para allá que los que venían hacia acá.
Mientras nos íbamos haciendo mayores, los países africanos fueron ganándose la independencia y sus independientes ciudadanos comenzaron a hacer lo que en este continente es tradicional en circunstancias similares, es decir,  matarse vivos. Occidente, siempre alerta contribuyó armando milicias de un signo o reventando a las del signo contrario según mil y un criterios nunca suficientemente explicados.
Apoyamos gobiernos demenciales, desquiciamos hasta lo impensable a cuantos comenzaron a asomar la cabeza por el estrecho ventanuco de la democracia, ignoramos a los que más nos necesitaban y les reímos las gracias a varios payasos que hablaban bien el Español y se vestían de Ermenegildo Zegna mientras sus paisanos se devoraban los unos a los otros por puro odio o por puro aburrimiento.
Y entonces surgieron el miedo y el hambre.
Y mientras en la Península se empleaban a fondo en demostrar lo solidarios que éramos en Melilla y lo mucho que nos respetábamos y nos queríamos, y los bien que convivíamos y lo de las “Cuatro Culturas” y todas esas gaitas, llegaron los primeros subsaharianos.
Los Melillenses empezamos a ejercer entonces una curiosa mezcla de solidaridad y escepticismo, adobados con la siempre forzada bizarría con la que afrontamos desde tiempo inmemorial los desmanes y la incompetencia de nuestros políticos en la metrópoli.
El pueblo de Melilla se ha desvivido por ayudar en la medida de lo posible a esos miles de hombres y mujeres que se han enfrentado valientemente a su destino y que no han dudado en jugarse la vida para encontrar simplemente un poco de paz y un plato de comida.
El pueblo de Melilla ha aprendido a ver al inmigrante como a un amigo.
El pueblo de Melilla, no está indignado, ni dolido, ni triste… Está cansado.
El pueblo de Melilla ha hecho lo que tenía que hacer.
Pero ahora no  nos toca a nosotros.
Y a mí me preocupa especialmente este absurdo y dantesco espectáculo que tenemos montado a uno y  otro lado de la valla de la vergüenza y la discordia.
Nos pusieron la valla –supongo yo- para que no pasaran de forma ilegal los que no debieran hacerlo. Hasta ahí, y por doloroso que pueda parecer, me parece lógico y hasta necesario.
Pero el hambre da alas y las escaleras de palo ayudan. Y las “excelentes relaciones” con Marruecos ponen de su parte. Y cada día recibimos con la boca más abierta y el corazón más cerrado las noticias de cientos de subsaharianos que vulneran cada noche la majestad de esa inútil estructura, gris, siniestra y estúpida.
Los hombres que defienden el perímetro de nuestra frontera asisten, agotados, al espectáculo en el que se ven por fuerza envueltos madrugada tras madrugada. Los veo volver a casa maltrechos, doloridos, agotados, impotentes. Regresan cada mañana con la mirada perdida entre la amargura y el desconcierto.
Desde muy lejos “comprenden” nuestro problema.
Se decide la instalación de una red de cuchillas meramente disuasorias. Pero que cortan. Es decir, cortan, si subes los ocho metros de alambre que las separan del suelo.
Y hacen daño. Mucho daño. Y matan.
Ya tenemos el dilema servido en bandeja.
Cientos de voces se alzan contra el infame invento por lo inhumano que resulta. ¡No puede ser! El inmigrante tiene que pasar sin resultar herido. Ahora el reto consiste en que los que se atrevan a cruzar la valla lo puedan hacer sin sufrir daño físico.
¡Quitamos las cuchillas!
Pero entonces todo el mundo querría pasar.
Ah. Pues entonces… ¡que no las quiten!
Pero esas cuchillas pueden seccionarte la yugular y ponerlo todo perdido.
Eso es otra cosa. En ese caso ¡Que la quiten inmediatamente!
Pero es que hay miles de personas acampadas en el Gurugú esperando el momento de atreverse a saltar y llegar a Melilla.
Pues… Pues…
Y así estamos.
Nadie quiere esa valla. Yo me siento encerrado. Me roba la vista de ese mar que cada día vemos menos. Me despoja de la sensación de libertad que disfrutábamos en esa infancia feliz que vivimos en Los Pinos cuando podíamos ir y venir a nuestro antojo. Me da tristeza. Me duele esa valla.
Y también me duele que me ignoren, que jueguen conmigo, que crean que en Melilla lo estamos pasando bien con esta vergonzosa circunstancia en la que NO NOS HEMOS METIDO NOSOTROS.
Alguien tiene que poner fin a esto. Sinceramente no sé cómo, pero tampoco he querido nunca saberlo. Cada cuatro años asisto con litúrgica predisposición y esperanza renovada al sacrosanto acto de depositar mi voto en una urna. Hay quienes se dan de hostias para aparecer en esas listas. Son ellos los que tienen que hacer algo. Y lo tienen que hacer antes de que alguna tragedia nos vuelva a situar en las portadas de los periódicos o en los titulares de los informativos.
Es el momento de exigir valentía. Hay que ponerse por delante de los acontecimientos y evitar lo inevitable.
Los Melillenses no tenemos porqué arreglar esto. Esto no es obra nuestra. Hemos hecho lo humano y lo inhumano por vivir y convivir, por sobrevivir y por ayudar a los que quieren sobrevivir, por comprender y por que nos comprendan.
Y que quede claro -bien claro-, que con melindres no se solucionan los problemas.
Estamos sobre un barril de pólvora. Y aunque estamos preocupados y expectantes, no dejamos que ello nos amargue la existencia.

Lo peor es que venga un gilipollas con un mechero a jugar a nuestro lado.

domingo, 9 de junio de 2013

Un "voyeur" televisivo.

Soy  -tengo que admitirlo- un “voyeur” televisivo.  Hay días en los que me sorprendo detenido ante la pantalla, como si de la mítica Medusa se tratara, convertido en piedra por mi volubilidad  y mi incapacidad para apartar la mirada.
Suelo  moverme por un reducido número de canales. En el Plus, de vez en cuando me  conecto al 66, “Caza y pesca”, al XX, “Canal Cocina”, o a los clásicos “Discovery”, “Odisea” y “Nacional Geographic” o incluso al “Viajar” porque ahí se conoce buena parte del mundo sin salir de casa, y también salen cosillas de gastronomía.
Pero hay ocasiones en las que, buscando en la parrilla esos hitos ya trillados y familiares, aparece en pantalla algo, un destello, un flash, una pincelada de algo que me aturde, me anestesia y me hechiza como el canto de una sirena griega encantadora y fatal.

Un día es Carlos Sobera que  propone a una pareja de señor entrado en años y chica joven y dicharachera  -al parecer, su hija-, un interesante dilema:  ¿Cuál de estos nombres no es egipcio? Y la pareja tiene que apostar una buena cantidad de dinero sobre alguna de estas opciones: Akhenatón, Ramsés, Sócrates y .Anwar.
-Pues yo… es que no leo muchas cosas egipcias- dice la muchacha.
-Puede  ser Sócrates , porque me parece que ese era  italiano –dice el señor.
Sobera empieza a descojonarse, pero como es vasco, sabe disimularlo medio bien.
La chica razona.
-Puede ser Anwar, porque en inglés significa “una guerra”. Si. Va a ser Anwar.
Sobera, vasco y todo, ya no puede más.
-Si, puede ser, dice entre sollozos.
-Mira –concluye el padre- todo a Akhenatón y que sea lo que Dios quiera.
-¿Estás seguro?
-Si. Partenón… Akhenatón… ¡Es griego! ¡Seguro!
Al ratillo, padre e hija se abrazan y comentan lo bonito que ha sido “ir a jugar”.
Yo, en casa, comento lo bonito que habría sido estudiar un poquillo más cuando tuvieron que hacerlo.

Otro día es una especie de show en el que cada hombre, o cada mujer, o cada “viceversa” tiene que demostrar lo arrastrado que puede llegar a ser el ser humano con tal de salir en la tele un par de días y hacerse ligeramente famosillo.
Por lo visto, unos y otros van a buscar novia y son todos guapos a rabiar.
-Willy, me han dicho que anoche te has cepillado a Jenny.
-Si pero eso no significa nada- dice Willy. Yo sigo queriendo a Candy.
-Si –dice Candy. Yo voy a luchar por él.
Y se levanta otra del fondo y añade orgullosa: -Es que yo también me lo cepillé el otro día en el hotel y eso no quiere decir nada. Cada una es como es.
-De todas maneras –añade el mozo- mi favorita sigue siendo Mariloli.
Mariloli, con una minifalda que deja ver parte del melendrete, suspira orgullosa.
La presentadora le pregunta que piensa ella.
-Yo no hablo con estas furcias que nada más piensan en tirarse al primero que aparece.
-¡Eso no es cierto! –arguye otro del fondo. Yo aparecí el tercero y también me he cepillado a Mariloli.
El concurso es una joya.
Con el asunto de la cocina la cosa no alcanza niveles muy superiores, y eso que el tema culinario es sagrado, por lo menos para mí.
Hay un espacio-concurso en el que nohecuántos candidatos aspiran a ser super-chefs. Se les somete a algunas pruebas y un jurado especializado decide quién tiene posibilidades y quién se vuelve a casa a seguir pelando papas y  soñando con ser el nuevo Adriá.
La dinámica es la siguiente: los chicos y chicas se matan cocinando y después el jurado los chulea.
-Esta bechamel no se la doy yo ni a mi perro.
-¿Has hecho la salsa con cemento o es que eres así de imbécil?
-No solo no voy a probar la mierda de puré que has hecho sino que en cuanto se dé la vuelta el cámara te voy a meter dos hostias que te vas a enterar.
Los jueces, igual cocinan que da gloria, pero de modales andan regular.
No he conseguido ver más que uno o dos episodios y termino siempre cabreado.

Mucho más relajante me resulta otro espacio en el que “alguien” siempre tiene “una cosita” que le quiere decir a “alguien”.
El presentador los separa con una especie de biombo grandote y te cuenta primero la historia de uno de ellos.
-Yo tiré a mi hijo por el wáter y cuando lo rescataron los bomberos y me lo devolvieron, lo mandé por SEUR a Somalia. Ahora quiero que me perdone.
Lo  peor es que, de vez en cuando, el otro pobre va y lo perdona.
-Yo engañé a mi marido con su jefe, con el fontanero y con la plantilla entera del Covaleda Futbol Club, incluido Bimba, el camerunés, que salta cada día mejor y que el día que le dé a la pelota se lo van a rifar en primera.
-¿Y ahora le vas a pedir que te perdone?- dice el presentador.
-No. Le voy a decir que es un gilipollas. Es que se me olvidó decírselo cuando lo eché de casa.
El programa no tiene desperdicio.
Pero aún los hay más sangrantes.
“Mira la casa que tengo, pedazo de pringao”, o algo ahín, es como se llama mi favorito.
Un colega, casi siempre arquitecto, te enseña la casa donde vive. Lo peor es cuando te presenta a Lilly, la sirvienta.
-¿De dónde eres, Lilly?
-De Ecuador.
-¿Y tienes papeles?
-No. El día menos pensado le meto un “crujío” al pijo este que se le van a quitar las ganas de enseñar la casa.
Otras veces es una parejita de cincuentañeros podridos de dinero y con un gusto exquisito por  el arte conceptual.
-Yo soy Alberto Ernesto.
-Y yo Maria Daniela, pero podéis llamarme Fufi.
-¿Y a quien se le ocurrió hacer un bidé con cascaras de cañaillas, Fufi?
Es cierto que la tele relaja, que acompaña, que llena un hueco formidable en los silencios de toda relación, que nos permite saber y conocer, que ayuda, que puede, incluso, instruir…
Es cierto que la tele es una forma de entretenimiento barata y asequible.
Es cierto que la tele nos permite llegar a donde las obvias limitaciones de la  física nos lo impiden, pero hay días en los que pienso seriamente en la posibilidad de sustituirla por una pecera con calamares o por una repisa con huachifofos de yuca y magüéi.  
No obstante, no todo es negativo.
La tele te ayuda a dormir, especialmente después de comer.
La tele nos convoca y nos compacta.
La tele nos ha hecho vibrar con Alonso, Nadal o “La Roja”.
La tele nos informa… a veces.
Lo que sí hay que hacer es ser exigentes, discriminar y seleccionar.
Y tampoco pasa nada si, de vez en cuando, hacemos un poco el “voyeur”. Luego un ALMAX y aquí no ha pasado nada.

sábado, 25 de mayo de 2013

Mongolia y nuestras leyes de educación.

Con cariño, para Pilar.

Los alumnos íbamos de pantalón corto en invierno y en verano. Las alumnas, a quienes veíamos desde muy lejos, eran una realidad paralela intangible, lejana y casi etérea. A los profes había que llamarles de “Don”, y siempre, siempre, teníamos muchos mocos.
Había detalles más o menos folclóricos como aquello de cantar según que himno a determinada hora de la mañana, o tener que formar y cuadrarse antes de entrar en clase.
La mayoría llevábamos para el recreo un bollo de pan con chocolate “Maruja” o un bocata de salchichón “Pamplonica”.
Jugábamos al trompo (nadie sabía lo que era una peonza), a las bolas (lo de “canicas” vino después) o a las chapas. Yo era malo  en las tres categorías.
Además,  cuando alguna persona mayor entraba en clase, te tenías que levantar y preguntarle por la salud.  En el momento de marcharse, además,  se le espetaba un “Que usted lo pase bien”, ya fuera el sujeto en cuestión al parque a darle de comer a los patos, o a hacerse una colonoscopia.  Eso ya no era problema nuestro.
Si Quito López era amigo tuyo, pues “te ajuntabas”. Si Rielo dejaba de serlo, pues “ya no te ajuntabas”. Y viceversa.
Había clases por la mañana y por la tarde.
Había que hacer “tareas”.
Y aprendías. Aprendías mucho.
Básicamente, esta  era nuestra escuela.
Pero fuimos creciendo y empezamos a cuestionar algunas cosas.
Siempre recordaré  aquella oscura y húmeda tarde de octubre en la que Don Cristóbal, quizá motivado por lo sombrío del ambiente, desplegó sobre la pizarra un enorme mapa de Europa y Asia. No era un mapa de colorines. España no era amarilla y Portugal no era verde claro,  pero venían todos y cada uno de los ríos y las montañas del viejo continente.
-Vamos a estudiar los sistemas montañosos más importantes de Europa – dijo el buen hombre.

Y empezó a mencionar, de Oeste a Este, todas las manchitas marrones que cruzaban caprichosamente la geografía europea. Cuando iba por los Pirineos, ya me perdí y sólo recuperé un poco la consciencia cuando creí oir “Cárpatos”. Esos montes me sonaban de una peli de Drácula.  Christopher Lee le mordía el cuello a una pava descotadísima que lo que quería era otra cosa pero que… Bueno, esa es otra historia.
Si mal no creo recordar, llegamos hasta los montes nohequé, de Mongolia.
Y aquí, amigos mios… aquí me dí cuenta de que en España, las leyes de educación no iban nada bien. O al menos no iban nada bien con la realidad sociopolítica en la que nos desenvolvíamos.
No había nada más que mirar un pasaporte de la época.  En la página cuatro, en tinta azul, venía diáfanamente explicado que  si se te ocurría pasarte por la URSS o por Mongolia exterior te podían forrar a hostias; con otras palabras, pero venía a decir eso mismo. Creo recordar que tampoco podías ir a Albania, a Corea, o a Vietnam.
O sea, que mientras los funcionarios del Ministerio de Educación y Ciencia te cantaban las lindezas de las cordilleras transalpinas y las maravillas de los rios de más allá de los Urales, los sagaces asalariados del Ministerio de la Gobernación te advertían que de ir a pescar truchas al Volga… ¡Ni pensarlo!
Te dejaban, eso sí, la posibilidad de ir a Mongolia “interior”, que por lo visto no era  tan nociva como la otra.
Y -me preguntaba mientras ponían en la tele unos horribles dibujos animados checoslovacos-  ¿para que mierda quiero yo saber los rios que pasan por  Rusia si no me van a dejar ir a Rusia en toda mi miserable vida? ¿De qué me sirve haberme aprendido dónde está Mongolia si nada más me dejan ir a la “interior”? ¡Con lo buena que está la rata de pantano como la cocinan los de la “exterior”!
También tuvimos que estudiar los “conjuntos”. Un jeta, denominado Euler Venn elaboró una serie de leyes y propiedades sobre los putos “conjuntos”, cuya única  finalidad era volvernos locos. Y con algunos, verdaderamente, tuvo éxito.
Lo de los “trabajos manuales” cuya sola enunciación ya da que pensar, era una asignatura que consistía en que el profesor de turno mandaba  a nuestros padres hacer una torre Eiffel o un acueducto de Segovia con palillos de dientes. O era lo de los palillos, o era un mapa de España en escayola… o era un cubremanteles con tapones de vino Savin… A mi padre le volvía loco regresar del trabajo a las tantas de la noche y ponerse a pegar palitos con pegamento “Imedio”.
Fue, como dijo Frodo Bolsón, una época oscura. Pero, la verdad sea dicha, no nos lo pasábamos mal.
Y lo mejor de todo es que de aquel cúmulo de despropósitos, sacamos bastantes cosas en claro y, desde luego, una culturilla más que aceptable.
No todos llegamos a sabernos las obras de Delibes, pero casi nadie escribía Delibes con V. No llegamos a conocer el nombre de todos los ríos de España con sus correspondientes afluentes, pero sabíamos que el Ebro jamás –repito, jamás- ha pasado ni tiene la intención de pasar por Santa Cruz de Tenerife, ni siquiera en carnavales, que aquello se pone precioso.
 Aprendimos que el puma no es un cantante, que el participio no es una parte del pene, que un ladrillo, por bonito que te parezca, no es una piedra preciosa… Aprendimos mucho.
Recuerdo aquellos años de nuestra iniciación a la lectura con especial ternura.
“Santillana” editó un manual de lectura que era una verdadera joya. Con fragmentos muy inteligentemente escogidos, hacía que los chavales nos llegáramos a interesar por “Las inquietudes de Shanti Andía” de Pio Baroja,  “El mujik y el diablo” de Tolstoi, “La canción del Pirata” de Espronceda… Algo de Calderón… Algo de Gloria Fuertes… Un poquito de esto… Un poquito de lo otro…  Nos gustaba leer. No nos cansaba. Bueno, en realidad, lo que si cansaba era llevar aquellos libracos tan enormes en la cartera. Porque además, por aquellas fechas nadie llevaba mochila, todo iba en una “cartera” que, si tenías suerte, disponía de unas correíllas para poder llevarla en la espalda, pero si no, podía llegar a alargarte los brazos varios centímetros durante la EGB y otros pocos durante el BUP.
Gran parte de la “culturilla” que adquirimos con la lectura se lo debemos a la editorial “Satillana”. Buena parte de nuestros problemas cervicales… también.
La EGB y el BUP.
Y nosotros nos quejábamos.
Pero nos valió. Salimos del trance, mal que bien, pero salimos.
Ahora lo que me pasa es que me planteo cierto número de dudas que, a veces, unidas a la de si se separa o no Carmen Bordiú, me tienen sin sueño.
Desde la Ley General de Educación de 1970, obra de Villar Palasí, hemos tenido seis hermosas leyes de educación. Seis.
La que viene, la LOMCE, la de Wert, esta nueva maravilla, es la séptima.
La mayoría de los ministros que firmaron esas leyes, y otras joyas por el estilo, unos más espabilados y otros menos,  incluido el ínclito Wert, estudiaron la EGB y el BUP. ¡Y llegaron a Ministros! 
¿Tan malo era aquello? ¿Hay que ir cambiando cosas hasta que nos las carguemos del todo?
Siempre recordaré uno de los días más funestos de mi vida como enseñante. Corría el año 91 del pasado siglo. La LOGSE llevaba poco tiempo aplicándose y para algunos profesionales del ramo, dicha aplicación presentaba no pocos dilemas.
Llegó a clase uno de mis alumnos. No quiero dar su nombre pero se llamaba Jose Luis. No uno de los más brillantes, desde luego. Venía de recibir las notas de Inglés en el Instituto.
-¡Pedro! –me dijo presa de una gran excitación y mostrando un júbilo desmesurado-. ¡He sacado un uno!
-¡Mierda! –dije yo.
-¡No, Pedro! –corrigióme-. ¡He aprobado!
-¿Con un uno?
-¡Si! Dice la seño que se ve que me he esforzado. Como tenía un cero en la primera evaluación…
Tuve otras tardes negras. Como aquella en que un alumno mío me dijo que tenía ya estudiado todo lo de Historia para la PAU.
-Me sé el siglo XX casi de memoria –arguyó-.
-¿Y el XIX, que?
-Ese no es importante- me dijo.
A partir de ese día tengo pesadillas recurrentes con Solana y Cruz Martinez Esteruelas vestidos de Pinky y Winky. Me despierto sudando y recitando de memoria los ríos de la cuenca cantábrica.
No pierdo la esperanza. Algún día alguien se dará cuenta de que la Educación no debe ser un proyecto de cuatro a ocho años en el que cada partido nos venda lo mejor de su apostolado para servir principalmente a sus deudos y votantes. Algún día, alguien verá en los estudiantes algo más que futuros contribuyentes. Algún día, espero, terminaremos por considerar el conocimiento como  un bien verdaderamente digno de ser protegido, y no como a un mero instrumento.
No deja de ser una lástima que, ahora que ya podemos ir a Mongolia exterior a comer rata frita, muchos de nuestros licenciados, futuros “Grupo A” no tienen ni puta idea de dónde está.