sábado, 25 de mayo de 2013

Mongolia y nuestras leyes de educación.

Con cariño, para Pilar.

Los alumnos íbamos de pantalón corto en invierno y en verano. Las alumnas, a quienes veíamos desde muy lejos, eran una realidad paralela intangible, lejana y casi etérea. A los profes había que llamarles de “Don”, y siempre, siempre, teníamos muchos mocos.
Había detalles más o menos folclóricos como aquello de cantar según que himno a determinada hora de la mañana, o tener que formar y cuadrarse antes de entrar en clase.
La mayoría llevábamos para el recreo un bollo de pan con chocolate “Maruja” o un bocata de salchichón “Pamplonica”.
Jugábamos al trompo (nadie sabía lo que era una peonza), a las bolas (lo de “canicas” vino después) o a las chapas. Yo era malo  en las tres categorías.
Además,  cuando alguna persona mayor entraba en clase, te tenías que levantar y preguntarle por la salud.  En el momento de marcharse, además,  se le espetaba un “Que usted lo pase bien”, ya fuera el sujeto en cuestión al parque a darle de comer a los patos, o a hacerse una colonoscopia.  Eso ya no era problema nuestro.
Si Quito López era amigo tuyo, pues “te ajuntabas”. Si Rielo dejaba de serlo, pues “ya no te ajuntabas”. Y viceversa.
Había clases por la mañana y por la tarde.
Había que hacer “tareas”.
Y aprendías. Aprendías mucho.
Básicamente, esta  era nuestra escuela.
Pero fuimos creciendo y empezamos a cuestionar algunas cosas.
Siempre recordaré  aquella oscura y húmeda tarde de octubre en la que Don Cristóbal, quizá motivado por lo sombrío del ambiente, desplegó sobre la pizarra un enorme mapa de Europa y Asia. No era un mapa de colorines. España no era amarilla y Portugal no era verde claro,  pero venían todos y cada uno de los ríos y las montañas del viejo continente.
-Vamos a estudiar los sistemas montañosos más importantes de Europa – dijo el buen hombre.

Y empezó a mencionar, de Oeste a Este, todas las manchitas marrones que cruzaban caprichosamente la geografía europea. Cuando iba por los Pirineos, ya me perdí y sólo recuperé un poco la consciencia cuando creí oir “Cárpatos”. Esos montes me sonaban de una peli de Drácula.  Christopher Lee le mordía el cuello a una pava descotadísima que lo que quería era otra cosa pero que… Bueno, esa es otra historia.
Si mal no creo recordar, llegamos hasta los montes nohequé, de Mongolia.
Y aquí, amigos mios… aquí me dí cuenta de que en España, las leyes de educación no iban nada bien. O al menos no iban nada bien con la realidad sociopolítica en la que nos desenvolvíamos.
No había nada más que mirar un pasaporte de la época.  En la página cuatro, en tinta azul, venía diáfanamente explicado que  si se te ocurría pasarte por la URSS o por Mongolia exterior te podían forrar a hostias; con otras palabras, pero venía a decir eso mismo. Creo recordar que tampoco podías ir a Albania, a Corea, o a Vietnam.
O sea, que mientras los funcionarios del Ministerio de Educación y Ciencia te cantaban las lindezas de las cordilleras transalpinas y las maravillas de los rios de más allá de los Urales, los sagaces asalariados del Ministerio de la Gobernación te advertían que de ir a pescar truchas al Volga… ¡Ni pensarlo!
Te dejaban, eso sí, la posibilidad de ir a Mongolia “interior”, que por lo visto no era  tan nociva como la otra.
Y -me preguntaba mientras ponían en la tele unos horribles dibujos animados checoslovacos-  ¿para que mierda quiero yo saber los rios que pasan por  Rusia si no me van a dejar ir a Rusia en toda mi miserable vida? ¿De qué me sirve haberme aprendido dónde está Mongolia si nada más me dejan ir a la “interior”? ¡Con lo buena que está la rata de pantano como la cocinan los de la “exterior”!
También tuvimos que estudiar los “conjuntos”. Un jeta, denominado Euler Venn elaboró una serie de leyes y propiedades sobre los putos “conjuntos”, cuya única  finalidad era volvernos locos. Y con algunos, verdaderamente, tuvo éxito.
Lo de los “trabajos manuales” cuya sola enunciación ya da que pensar, era una asignatura que consistía en que el profesor de turno mandaba  a nuestros padres hacer una torre Eiffel o un acueducto de Segovia con palillos de dientes. O era lo de los palillos, o era un mapa de España en escayola… o era un cubremanteles con tapones de vino Savin… A mi padre le volvía loco regresar del trabajo a las tantas de la noche y ponerse a pegar palitos con pegamento “Imedio”.
Fue, como dijo Frodo Bolsón, una época oscura. Pero, la verdad sea dicha, no nos lo pasábamos mal.
Y lo mejor de todo es que de aquel cúmulo de despropósitos, sacamos bastantes cosas en claro y, desde luego, una culturilla más que aceptable.
No todos llegamos a sabernos las obras de Delibes, pero casi nadie escribía Delibes con V. No llegamos a conocer el nombre de todos los ríos de España con sus correspondientes afluentes, pero sabíamos que el Ebro jamás –repito, jamás- ha pasado ni tiene la intención de pasar por Santa Cruz de Tenerife, ni siquiera en carnavales, que aquello se pone precioso.
 Aprendimos que el puma no es un cantante, que el participio no es una parte del pene, que un ladrillo, por bonito que te parezca, no es una piedra preciosa… Aprendimos mucho.
Recuerdo aquellos años de nuestra iniciación a la lectura con especial ternura.
“Santillana” editó un manual de lectura que era una verdadera joya. Con fragmentos muy inteligentemente escogidos, hacía que los chavales nos llegáramos a interesar por “Las inquietudes de Shanti Andía” de Pio Baroja,  “El mujik y el diablo” de Tolstoi, “La canción del Pirata” de Espronceda… Algo de Calderón… Algo de Gloria Fuertes… Un poquito de esto… Un poquito de lo otro…  Nos gustaba leer. No nos cansaba. Bueno, en realidad, lo que si cansaba era llevar aquellos libracos tan enormes en la cartera. Porque además, por aquellas fechas nadie llevaba mochila, todo iba en una “cartera” que, si tenías suerte, disponía de unas correíllas para poder llevarla en la espalda, pero si no, podía llegar a alargarte los brazos varios centímetros durante la EGB y otros pocos durante el BUP.
Gran parte de la “culturilla” que adquirimos con la lectura se lo debemos a la editorial “Satillana”. Buena parte de nuestros problemas cervicales… también.
La EGB y el BUP.
Y nosotros nos quejábamos.
Pero nos valió. Salimos del trance, mal que bien, pero salimos.
Ahora lo que me pasa es que me planteo cierto número de dudas que, a veces, unidas a la de si se separa o no Carmen Bordiú, me tienen sin sueño.
Desde la Ley General de Educación de 1970, obra de Villar Palasí, hemos tenido seis hermosas leyes de educación. Seis.
La que viene, la LOMCE, la de Wert, esta nueva maravilla, es la séptima.
La mayoría de los ministros que firmaron esas leyes, y otras joyas por el estilo, unos más espabilados y otros menos,  incluido el ínclito Wert, estudiaron la EGB y el BUP. ¡Y llegaron a Ministros! 
¿Tan malo era aquello? ¿Hay que ir cambiando cosas hasta que nos las carguemos del todo?
Siempre recordaré uno de los días más funestos de mi vida como enseñante. Corría el año 91 del pasado siglo. La LOGSE llevaba poco tiempo aplicándose y para algunos profesionales del ramo, dicha aplicación presentaba no pocos dilemas.
Llegó a clase uno de mis alumnos. No quiero dar su nombre pero se llamaba Jose Luis. No uno de los más brillantes, desde luego. Venía de recibir las notas de Inglés en el Instituto.
-¡Pedro! –me dijo presa de una gran excitación y mostrando un júbilo desmesurado-. ¡He sacado un uno!
-¡Mierda! –dije yo.
-¡No, Pedro! –corrigióme-. ¡He aprobado!
-¿Con un uno?
-¡Si! Dice la seño que se ve que me he esforzado. Como tenía un cero en la primera evaluación…
Tuve otras tardes negras. Como aquella en que un alumno mío me dijo que tenía ya estudiado todo lo de Historia para la PAU.
-Me sé el siglo XX casi de memoria –arguyó-.
-¿Y el XIX, que?
-Ese no es importante- me dijo.
A partir de ese día tengo pesadillas recurrentes con Solana y Cruz Martinez Esteruelas vestidos de Pinky y Winky. Me despierto sudando y recitando de memoria los ríos de la cuenca cantábrica.
No pierdo la esperanza. Algún día alguien se dará cuenta de que la Educación no debe ser un proyecto de cuatro a ocho años en el que cada partido nos venda lo mejor de su apostolado para servir principalmente a sus deudos y votantes. Algún día, alguien verá en los estudiantes algo más que futuros contribuyentes. Algún día, espero, terminaremos por considerar el conocimiento como  un bien verdaderamente digno de ser protegido, y no como a un mero instrumento.
No deja de ser una lástima que, ahora que ya podemos ir a Mongolia exterior a comer rata frita, muchos de nuestros licenciados, futuros “Grupo A” no tienen ni puta idea de dónde está.

sábado, 18 de mayo de 2013

El clavo ardiendo.

Cuentan los códices de la época que San Policleto de Alejandría, astrónomo, erudito, profeta,  y mártir, de natural optimista y dicharachero, empezó a dudar seriamente de su buena fortuna cuando la  trigésimo cuarta piedra que le impactó en el cráneo salpicó de bolodilos de sesada su hasta entonces nívea túnica de lino de Galilea.
Con el ojo que le quedaba abierto después de aquellos tres cuartos de hora recibiendo pedradas amarrado a un poste, lanzóle un guiño a una bella samaritana de Samaria que por allí pasaba ajena, o tal vez no, al tumulto y al vocerío. La guapa samaritana, contagiada del griterío y dejándose llevar por la enfervorecida masa, ignoró la lisonja gestual del dubitativo mártir y, recogiendo del  suelo una muestra más que regular de roca basáltica entreverada con pirita de manganeso, endiñóle sin miramientos el loscazo número treinta y cinco.
Gaudeamus Ígitur, legionario veterano de la Séptima, a la sazón guarda encomendado del orden en la ceremonia, interrogó de esta forma al infortunado mártir:
-¿Todavía te quedan ganas de juerga, cebollino?
-En los momentos malos, amigo Meneamus…
-¡Gaudeamus!
-En los momentos malos, querido Gaudeamus, hay que agarrarse a un clavo ardiendo.
San Policleto habría pasado a la historia con más pena que gloria de no haber sido porque tuvo a bien inventar la mercromina y por sus enseñanzas sobre el mal recurrente y los clavos ardiendo.
Y en eso andamos.
No hemos cambiado tanto desde el siglo equis, palito, palito.
Y desde luego, no nos va mucho mejor que al exégeta de Alejandría.
Nos están forrando a sopapos mañana tarde y noche y, lejos de saltarle al cuello al verdugo de turno, ya sea la Comisión Europea, ya sea el Ministro de Economía y Hacienda o ya sea el tontaina del banco que no nos quiere refinanciar la hipoteca porque no se fía ( y hace bien), nos dedicamos como españoles de pro, a buscar ese rinconcillo común del buen rollo y la francachela amable e intentamos, tarde tras tarde, olvidar el mal rato que nos están haciendo pasar. Es una especie de resignación racial no exenta de cierto fatalismo hedonista con tintes ibéricos, muy de nuestro estilo. Es como si Viriato hubiera pensado “Mira, no son tan malos estos romanos. Me voy a tomar un chupito de oporto y a ver si mejora el panorama” en vez de liarse a matar romanos como en el “Imperivm  II” de Nintendo.
Ahora, más que nunca, estamos agarrando cada uno el clavo ardiendo que nos pilla más a mano.
Nos viene de perlas que Fernando Alonso gane de vez en cuando y ni siquiera nos importa esa mala follá que parece irle invadiendo lenta pero inexorablemente.
Vivimos con el Barcelona o el Madrid cada uno de sus éxitos, sus batallas y sus vicisitudes, y nos duele la mano chunga de Casillas mucho más que esta artrosis financiera que nos tiene medio doblaos y mirando al suelo.
Gracias al cielo, hay clavos ardiendo para todos.
Y está el iPad.
Y está el wassap.
Y está el Canal Cocina.
Y tenemos los mejores restaurantes del mundo. Aunque si quieres comer en alguno de ellos, tienes que empeñar el iPad y empezar a mandar los wassaps con la epileidi.
El paro anda por las nubes, los recortes nos tienen de una mala leche casi perpetua y esa mierda de la prima de riesgo es como aquella vecina del segundo que tuve yo, que cada vez que mis padres se iban y teníamos jarana en el tercero, se empeñaba en subir y al final nos fastidiaba la fiesta. Se llamaba Magdalena y además era como un gremlim; cuando le caía agua se ponía como loca.
No nos va –decía yo- nada bien, pero lo peor es que a algunos, a muchos en realidad, parece como si hubiera empezado a darles lo mismo. “Ya mejorará la situación”, dicen. “Esto no va a seguir siempre ahín”.
Y luego están quienes protestan mal o a destiempo. Recuerdo aquel muchacho de frondosa melena que se quejaba en un telediario, de las tasas universitarias. “Es que si tardas tres años en sacarte una asignatura, se te va un pastón”, explicaba. Si. Ahí tengo que reconocer que llevaba más razón que un santo. Más razón que San Prolígeno, por ejemplo, que sacó su carrera en los cinco años reglamentarios.
Para unos y para otros, siempre está el clavo ardiendo. Siempre hay hacia donde mirar si no nos gusta lo que vemos y siempre hay algo o alguien a quien echarle el muerto si no nos gusta lo que tenemos.
En los ochenta, era la costumbre pedir la dimisión de Martín Villa, ministro del interior, cada vez que a alguien se le torcía la mañana. En cierta ocasión, en una manifestación contra las matanzas indiscriminadas de focas en Groenlandia que, no se quien había convocado en la Puerta del Sol, varios sujetos portaban pancartas con el rótulo “Martin Villa. ¡Dimisón YA!”.
Como dice el pasodoble “Entre flores fandanguillos y alegrías…”
Es que somos la leche.
Pero nadie me malinterprete. Yo no digo que esté mal esto de agarrarse a sabe Dios qué mientras salimos o no a flote.
Yo lo que digo es que si al toro lo quieres coger por los cuernos, no puedes a la vez ponerte a ver el fútbol.  Si el toro es malo, le das cuatro pases, le pones las banderillas, lo matas, y luego te comes un estofado de rabo con patatas, si quieres, mientras ves como gana el Liverpool. Pero primero, amigo mio… Primero lo toreas.
Como dijo Tito Puente en el “Tropicana”, “Hay que mover el bullarengue”. Los que tengan trabajo, a moverlo bien y con responsabilidad. Los que no, a buscarlo con ganas y sin tonterías, con las ideas claras y sin que se nos caigan los anillos.
A este temporal no hay que ponerle buena cara, hay que bandearlo con decisión y con coraje.
Seguramente, vamos a salir de esta y nos reiremos después recordándolo. Pero, de momento, hay demasiada gente que no lo está pasando nada bien por mucho “Salvame” y mucho fútbol y mucha romería que les montemos. 
Y además, los hay tan desgraciados, que cuando por fin han encontrado el clavo ardiendo al que agarrarse… estaba dibujao.

jueves, 21 de febrero de 2013

JAZZ "El experimento" ("Estás herido").

El pasado día 19 de Febrero, en una charla sobre JAZZ titulada "Pero... ¿lo has probado?" y enmarcada en las XVII JORNADAS DE JAZZ organizadas por la UNED de Melilla, bajo la Dirección de Don Angel Castro, realizamos un curioso experimento: intentamos, a través de un texto escrito, introducirnos en una composición musical.
La pieza se titula "You are blazé", que viene a ser algo asi como "Estás herido"de Stan Getz. Podéis abrir una pestaña distinta,  buscarla en YOUTUBE y sincronizar la lectura con la música.
http://www.youtube.com/watch?v=6QUzdCptphM
Debéis darle al PLAY en la frase que está destacada en negrita.
Espero que os guste.

"Estás herido".

Con cariño y agradecimiento para Juan, Ginés y Angel.

Recuperas el aliento apenas a unos pasos de la entrada, te detienes y escuchas el triste crepitar de los tubos de neón sobre la puerta del bar de Marty MacCallan.
El aire de la madrugada te hace daño en los pulmones. En el paladar aún conservas parte de ese sabor acre que deja la pólvora de un revólver recién usado. Apuras el cigarrillo con los ojos entrecerrados. Es una calada profunda y silenciosa. Arrojas la colilla a la boca de una alcantarilla tan seca como un cadáver.
Con el leve movimiento del brazo, vuelves a notar el incómodo reflejo de esa onza de plomo que dejaron los muchachos de Calabresse en tu espalda, aquel maldito día de difuntos del 39.
Desprendes el polvo de tus zapatos frotando el empeine con la parte posterior de la pernera del pantalón. En noches como ésta desearías tener conciencia y poder limpiarla de la misma manera. Ladeas ligeramente el sombrero ocultando unos ojos grises, siniestros y cansados. Deseas desesperadamente verla.
Abres la puerta. Apenas das unos pasos hacia el interior y ya te ha envuelto una familiar atmósfera de humo denso. Tú lo agradeces en silencio. Saboreas ese humo que huele a sudor y a bourbon, a mentiras, a fracaso y a perfume barato italiano.
Bugsy Spencer lucha con su artrosis sentado al piano. En casa, los recuerdos y el crujir de sus propios huesos le mantienen despierto noche tras noche, pero aquí en el McCallan´s, el bueno de Spencer aún se siente importante, por eso él y su botella son siempre los últimos en marcharse.
Warren “el Gordo” Rawlings, de pie, a su lado, sudando algo más que de costumbre, acompaña a Bugsy dejando caer las notas de su viejo saxo con cansada dignidad. Si no fuera porque jamás la tuvo, se diría que toca con elegancia.
Mientras te quitas el sombrero y el gabán, buscas con la mirada una melena rubia y un par de ojos verdes tan grandes como una moneda de diez centavos.
Desmond “Diablo” Donahue, con un cigarrillo cubano apagado en los labios, ralentiza por un segundo el ritmo sobre la batería, atrae tu atención levantando una de sus escobillas, y luego, guiñándote un ojo, apunta con ella hacía una mesa tenuemente iluminada cerca del guardarropa.
Allí esta ella.
Sobre su mesa, una copa de Martini a medio vaciar y un sucio cenicero de cristal.
El vestido de terciopelo azul deja al aire una espalda perfecta y blanca.
Mueve suavemente sus hombros al ritmo cadente de la música.
Te acercas y depositas el gabán sobre el respaldo de la silla que queda libre junto a la mujer de la melena platino.
-“Estabas tardando” –dice la mujer sin apartar sus ojos del escenario.
-“Hace buena noche y vine paseando”- mientes.
La mujer abre un pequeño bolso que reposaba sobre su regazo. Extrae un sobre de color pardo y te lo pasa  por debajo de la mesa. Lo coges y durante un segundo tus dedos rozan la suave piel de su rodilla. Guardas el sobre en el bolsillo interior de tu americana.
-“¿Quién ha sido esta vez? “–pregunta la mujer.
-“No quieras saberlo, muñeca. Al jefe no le gustaría que anduvieras preguntando.”
-“¿No te cansas nunca?” –vuelve a preguntar. Esta vez sus ojos se vuelven hacia los tuyos y, durante un  instante, te falta el aire.
Notas de nuevo ese maldito dolor en la espalda. Ahora, además, sientes una punzada profunda en el corazón. Otra antigua herida.
-“No valgo para otra cosa. Ya me conoces.”
La música remueve en tu interior el plomo y los recuerdos.
-“¿Puedo invitarte a algo?” –te atreves a preguntar.
-“Gracias. Esta noche, no”- contesta.  “Estoy esperando a alguien.”
Dejas que pasen unos segundos. Vuelves la mirada hacia Bugsy, Warren y “Diablo”.
Ellos, al menos tienen su música y parecen felices.
A ti solo te queda tu revólver aún caliente, una bala en el pecho y un montón de recuerdos tan oscuros, espesos y tristes como el humo del MacCallan´s.
Te levantas. Recoges tu sombrero y  tu gabán polvoriento.
-“¡Hasta siempre, muñeca!”
-“¡Adiós! ¡Cuídate!” –responde ella con la mirada de nuevo en el pequeño escenario.
Te diriges hacia la salida.
 A un par de metros de la puerta, el viejo Smokey, con su caja de tabaco de contrabando intenta como cada noche ganarse unos centavos. Hace un esfuerzo y se incorpora a tu paso. Agarra la manga derecha de tu abrigo y tú te detienes.
 -“¿Qué tal, viejo?  ¿Ya no te quieren en el grupo esos negros?”
-“Estos temblores no me dejan en paz. Ya sólo sirvo para vender cerillas.”
Te enseña sus manos nudosas y fuertes que no consigue dejar quietas.
-“No te acerques a ella, muchacho. Ahora es la chica de Romano y ya sabes cómo son esos italianos de mierda. Viene todas las noches y él sabe lo vuestro. Si te pilla aquí hoy, puede haber líos.”
“Lo vuestro”. Mascullas en voz baja.
Sacas un dólar de tu bolsillo y lo dejas caer sobre las cajetillas de “Lucky Strike”.
Abres la puerta y antes de salir de nuevo al aire fresco de las madrugadas de Broklyn, te diriges al anciano.
-“¡Hazme un favor, Smokey!. Dile que esta noche, Romano… no va a venir.”

FIN

domingo, 23 de diciembre de 2012

¡FELIZ NAVIDAD!

Todo empieza un día de mi santo, allá por Junio. Voy a echar las primitivas y en la administración me encuentro un cartel de tamaño XXL en el que reza “Hay Lotería de Navidad”. Y se me caen los palos del sombrajo. Y mira que el sombrajo, con la que está cayendo, me venía muy bien con todos los palos.
Para el día de mi cumple, a finales de Agosto, ya está el moro de las castañas instalando el chiringuito en el cruce del Real. Y sigue haciendo “una caló” que te mueres.
Sólo quince días más tarde, cuando voy a “La Española” a comprar un paquete de cedeses para piratear mis cosillas de Duke Ellington y su orquesta, que seguro que ya no me van a denunciar a la SGAE, veo a María y a Vanessa sacando los adornitos para el árbol y las bolas para el portal, o al revés, que también tiene sentido.
Esto de la Navidad va muy rápido. Pasa como con las bombonas. Parece que hay que encargar la nueva antes de que se termine la que tienes.
Recuerdo que Virginia, el año pasado, después de las fiestas, me dijo un día: “Periquillo, hijo –cuando me dice Periquillo es que me va a pedir algo raro-, tienes que desarmar la jamonera y bajarla al trastero”.  Con la celeridad que me caracteriza, esperé a tener algo más que bajar y entretanto, deposité la jamonera en el maletero del coche. Hoy me ha pedido que baje al trastero a por la jamonera y… ¡Vualá! ¡Ya la tengo a mano! No tengo más que bajar… al coche. El tiempo pasa que es una barbaridad. Estas cosas son así.
El tema del jamón, eso sí, está más o menos solucionado. No había para un pata negra auténtico, pero le he dado un par de viajes al “Hijos de Roberto Alcudia, extra, recebo, curación artesanal” con la cinta de la impresora que se había medio gastado, y está casi negro. Por dentro son todos iguales. Bueno, casi iguales.

Los turrones ofrecen algo más de incertidumbre. Parece que el Suchard de chocolate con arroz es el que más  posibilidades ofrece. Lo malo es que cuando llegamos a los turrones cada año, las opiniones vienen en un formato que no se entiende con absoluta claridad. Después de unas cuantas birras, un par de vinitos, el chupito correspondiente y el champán extremeño, si se te ocurre dar tu opinión sobre el turrón: a) o no se te entiende, b) o a nadie le importa un huevo, c) o ambas. Nunca recuerdo  cual es el que más gusta.
Pero no hay una cena. Hay diez mil.  Las provisiones de ALMAX se te quedan escasas.
Y si tienes la suerte de que te gusta todo, estás perdido.
–Pedrito, ¿un poco más de lomo?
 –No, gracias, no puedo más.
 –Pues mira, te lo tomas, porque quedan nada más que seis rodajas y no se van a tirar.
Lo mismo con el pastel de puerros con cañaillas, con la empanada, con el revuelto de trigueros con  avutarda, con las cestitas de sucedáneo de caviar de jurel de Roquetas,…  El guarrillo es una alegría. Se lo come todo y encima rebaña el plato para ahorrar el jabón del lavavajillas.
Luego está el tema de la etiqueta.
-Pedro, hay que irse arreglando que nos esperan a las diez.
En cinco minutos está Pedro hecho un pincel. Camisa de manga larga… vaqueros limpitos, botas “Panamá Jack” con un poquito de “Pronto” (única vez del año que las limpio), y oliendo a “Old Spice” que dan ganas de comerme. Guapo a reventar. Pero no. Parece que no.
-¿No te vas a poner unos zapatitos? ¿No tienes otros pantalones? ¿No te podía haber echado “Fleur du Pagí” de Guy Larosh?  ¿No…?
-Vale, Virgi, ya me cambio.
Y todavía hay cosas peores.
Una tarde de compras de Navidad.
Lo único que me divierte es observar las caras de otros maridos que están pasando por lo mismo que yo. Una vez fui a un matadero de pavos y tenían todos la misma expresión. Suerte que los maridos no cagamos tanto. Por lo menos en público. Sería horrible para las chicas de Zara y Massimo Dutti.
La Navidad es un tiempo de alegría. No cabe duda. Pero también es como una gripe. Viene todos los años quieras o no quieras, y te deja el cuerpo hecho una mierda.
Mi más sincero deseo para estas fiestas que se avecinan es que disfrutéis cada día como si fueran las primeras, o las últimas, que viene a ser lo mismo.
A los creyentes, rezaré por vosotros y por los vuestros.
A los que no creéis, rezaré por vosotros y por los vuestros.
Y a mis amigos, tanto en el primer apartado como en el segundo, os ruego aceptéis esta reflexión como una sincera y sentida felicitación. Gracias a Dios, sois muchísimos y no puedo escribir a todos tanto como me gustaría.
Que sea para todos una Navidad llena de alegría y de dicha y que el año que entra sea más suave que el que dejamos, que ha sido un poco cabrón.
Ya no sabemos que tenían preparado los tontolabas de los Mayas para después del día de marras, pero no han podido con nosotros. Ahora se trata de que, ya que el mundo no ha reventado, intentemos no reventarlo nosotros. Una buena idea sería empezar por el que tengas más cerca y tenderle la mano o, si se deja, lo que pilles.
Por mi parte, un abrazo enorme, descomunal , exagerado casi, para todos.
¡¡FELIZ NAVIDAD!!

domingo, 4 de noviembre de 2012

“China Factory of Spain”, bajo sospecha.

Mi primer contacto con los Chinos fue a través de mi santa madre que, como buen número de madres de la época, acostumbraba a adquirir chuminadas de diversa índole en algunas tiendas de la ciudad a las que llamábamos “Los Indios”. Un día era un jarrón super hortera, otro una figurita de un Budha sonriente, otro un elefantito de madera con la trompa ahín, alguna que otra vez algo de más enjundia como un colmillo de elefante tallado o un biombo de madera pintada con chinos incrustados…  Hubo incluso una ocasión en la que mi señora madre adquirió una figura de una especie de Francés de porcelana, vestido de petimetre al que en casa llamábamos “El mariquita”. Recuerdo que mi padre puso precio a la cabeza de la figura. “Al que se lo cargue le doy cinco duros”. Lo cierto es que cuando el personal de “Pagoda”, “Sunder”, “Palacio Oriental”  o “Budha” veía a mi madre aparecer, o a cualquiera de sus amigas, no faltaban ganas de sacar los cohetes.
A mí me gustaba ir de vez en cuando y saludar a Celia, a Jose Luis o al Señor Milán. Cuando alguno de ellos me regaló unos palillos de comer arroz, me sirvieron para ponérselos de lanza al negro de los Madelman.
Había misterio en aquellas compras. Por ejemplo: en cierta ocasión, mi padre compró una peana de madera tallada para un jarrón que teníamos en el salón. La peana en cuestión era como de unos veinte centímetros de diámetro y tenía unos dibujos tallados de belleza y factura extraordinarias. Por detrás de la pieza, una pegatina en inglés rezaba “El Gobierno de China certifica que en la confección de este soporte ha trabajado un operario durante un mínimo de once horas”. Teniendo en cuenta que la peana valía veinte duros (cien pesetas, o sesenta céntimos de los de ahora, más o menos), es de suponer que al chino en cuestión lo habían explotado soberanamente, con el permiso, eso sí, del Gobierno Chino, que encima se chuleaba de tal eventualidad.
Así transcurrieron aquellos felices años de mi infancia entre jarrones y mantelerías hasta que llegó… Kung Fú.
Eso sí que era un chino. Nada de pasar mañana tarde y noche tallando absurdas peanas de madera por un puto sueldo de mierda. Este tipo se enteró de que su hermano se había ido a EEUU a vivir “la vida loca” como Ricky Martin, que entonces no existía, y decidió coger el petate e ir tras sus pasos sin más dilación o dilatación, que también se puede decir.
Como entonces no había tiendas de los chinos ni siquiera en la misma China, el pobre Kuay Chan Caine, que así se llamaba el ínclito, no pudo comprarse una maleta con ruedas así que  agarró un modesto zurroncillo y emprendió rumbo a Manhattan.
El viaje iba a ser largo –pensaba él-, y por eso  decidió llevarse también una flauta de regulares proporciones para pasar el rato entre caminata y caminata. Con lo que no contaba Kuai Chan era con que los vaqueros de Wisconsin e incluso los de Alabama, por aquellas fechas, tenían como hobby tocarle los huevos a cuantos más chinos mejor. Si los veían poniendo raíles para el ferrocarril de Santa Fe, los dejaban medio tranquilos, pero si los agarraban preparándose un arroz tres delicias o dibujando tonterías en un pergamino, les robaban la sopa y les metían el pergamino por el jander. Visto así el panorama, lo de la flauta, desde el principio, no tenía buen color.
Y es verdad que Kuai Chan no tenía miedo porque un profe que él tuvo en un instituto de allí de su pueblo, le había enseñado a repartir hostias a diestro y siniestro casi sin despeinarse. Lo que nunca entendí era por qué antes de ponerse a endiñar bofetadas siempre había que aguantar como tres cuartos de hora que lo pusieran de moña para arriba. Para mí que Kung Fú iba contando y al vigésimo “Chino de mierda” que oía es cuando tenía que saltar. De todas maneras, para que no le pillara de sorpresa que se metieran con él, ya el profe le había puesto de mote “Pequeño saltamontes”. Me lo pone a mí y le rompo la cabeza. Ciego y tal, pero con mala leche. ¡Que jodío!
Me decepcionó un poco el Señor Chan. Por eso cuando conocí a Bruce Lee me quedé pasmado. Era feo y chiquitillo, pero no aguantaba ni media. Y entre hostia y hostia, se limpiaba los mocos con el dedillo, ahín, y quedaba super simpático. Lo que pasa es que  al final, también Bruce Lee resultó ser una filfa.
Nunca olvidaré el momento en que se desmontó el mito. Cine Perelló, Una tarde de primavera de 1979, “El furor del dragón”. ¿Con quién se pelea Bruce Lee? Con Chuck Norris… ¡Y muere Chuck Norris! ¡Vamos hombre!  ¡Vete a la mierda!
Bruce Lee no murió de sobredosis. Se lo cargaron por falso.
Yo creo que, a partir de ahí es cuando los chinos se empezaron a aficionar a dar gato por liebre. No lo digo por todos, entre otras razones porque no los conozco y porque los que conozco, se parecen mucho a los que no conozco, y es un riesgo generalizar con estas cuestiones.
Pero falsifican más de la cuenta. Algunas veces, te llevas un “Rolex” medio pasable y te dura casi dos semanas, pero casi siempre, lo que te compras no vale más que la bolsa que te da el de la caja.
Una vez me llevé un chándal Adidas, unas Nike y dos bolsos de Dominicq Buitron, o algo así, y el chinillo de la caja, no contento con haberme endosado todas aquellas falsificaciones, encima, cuando me dio el cambio, me endiñó un euro con la cara de Bustamante.
Por eso y por lo malas que salen las bolas de Navidad, me parece muy bien que nuestros muchachos del Ministerio del Interior hayan llevado a cabo la “Operación Emperador”. Ya es un mérito saber cuáles son los chinos que falsifican y cuáles no, pero meterlos además en el trullo, me parece genial.
Lo siento por Gao Ping. No parecía mal muchacho y además se había hecho fotos hasta con el Tato. Ya casi le habíamos tomado cariño. Pero lo que no está bien -pues mira, Ping- no está bien. ¿Vamos nosotros a China a poner paellas falsas? ¿O intentamos venderles un perrito dorado que levanta la pata y no hace más que eso todo el puñetero día? ¿O abrimos talleres de tatuajes para que se pongan gilipolleces en Español que ellos ni entienden ni les conviene entender?
Yo quiero romper una lanza (ya compraré otra en un chino) a favor de los Chinos trabajadores y honrados. Mis hijos van a un restaurante en el que les sirven fantásticamente y encima les enseñan de vez en cuando algo que chapurrear. –Hola, Wan. ¡Ni jao!- le dicen. Y comen divinamente.
Pero cuando vamos “al chino” tenemos que saber a lo que vamos. Es como un mundo de fantasía de andar por casa, donde hay que hacerse cuenta de que todo es de un solo uso, así cuando lo sacas por segunda vez y te vale, pues ya tienes algo ganado.
Absteneos eso sí, de comprar las pastillas de la tensión y otras cosas por el estilo en el “Gran Frontera Shopping Center” o en la “China Company Store”. Si te las dan tuneadas date por muerto.
O haced lo que hizo un amigo mío. Llevaos todo lo que podáis y luego pagad con un billete falso.
-¡Eh, oiga! ¡Este billete sel falso- dijo Wang Yu.
-¿Y todo lo que yo me llevo, que?- contestó Padilla.

martes, 14 de agosto de 2012

La siesta y el término medio.


Quizá por efecto de las altísimas temperaturas o por el difícilmente ponderable efecto de las sobredosis de gazpacho y salmorejo en una mente estándar, tirando a simple como la mía, debo admitir y admito que hay tardes en las que me tumbo en el sofá a las dos cero cero y me levanto directamente para la cena.
Esto no es preocupante en sí mismo, pero sí que abre ante mí una serie de interrogantes cartesianos e inevitablemente me somete a un cierto nivel de incertidumbre. No llega a desasosegarme el sosiego… pero casi.
Es entonces cuando me doy cuenta de lo importante que resulta en esta vida encontrar el justo término, el nivel de equilibrio, el Ying y el Yang o, como habría dicho mi abuelo, la madre del cordero.
Examinemos las variables sobre un campo determinado: el sofá.
Después de una suculenta ensalada de habichuelas con patatitas y de un par de vasos de Ribera del Duero con casera, el número de actividades a realizar hipotéticamente sobre un sofá de Muebles Carmona queda reducido notablemente. Tomamos entonces en consideración la variable S = siesta. Porque si está la tele encendida y mi Virgi despierta, las opciones son, o S o SD, es decir, o siesta o Sálvame Diario.
Cierto es que, a veces, mi contraria se queda frita y entonces me permito introducir la extremadamente rara variable NG = National Geographic. ¡Ah, amigos! ¡Eso sí que es vida! Nada más aparecer el primer cocodrilo se me quita el sueño. Aunque los leones tampoco están nada mal. O el gran tiburón blanco de Nueva Gales del Sur, que me parece a mí que es el mismo en todos los reportajes. Entonces sí que disfruto viendo como entre unos cuantos despellejan al más tonto. Bueno, en cierto modo es como el Sálvame, pero al aire libre.
Cuando ya he visto como se comen dos o tres ñús, ñúses o ñúes, dos o tres focas y dos o tres cebras, a la par que me interrogo sobre la metempsicosis o transmigración de las almas, rezo por no reencarnarme jamás en una foca de Nueva Gales del Sur e intento buscar en otro canal algo que echarme al coleto. Pero al cambiar de canal, estos cabrones del TDT no se qué mierda hacen con el volumen que al final, mi Virgi se despierta y hábilmente me quita el mando; me refiero al de la tele, el otro… hace años que lo perdí.
No es que la vida de Carmina Ordóñez no tenga su interés, que seguro que lo tiene, pero para seis o siete minutos, no para tres horas; sobre todo, no para tres horas cada tarde, de lunes a viernes. Aunque la verdad es que, gracias a Dios, mi contraria lleva un par de semanas con el “Apalabrados” y, además de estar cogiendo un vocabulario que te mueres, parece que ha relajado bastante lo del Sálvame. Me deja más libre y además me instruye y me culturiza.
También podía leer un poco, pienso. Pero cuando se introduce el factor “libro” sobre el factor “sofá de Muebles Carmona”, inevitablemente vuelve a presentarse la variable S = Siesta y me vuelvo a quedar dormido como un angelito.
-¡Míra mi gordo!-oigo decir a Virgi con cierto cariño. ¡Cómo disfruta!
Definitivamente, Saramago, Murakami o Auster no son compatibles con la sobremesa. ¿Y si probara con “Mortadelo y Filemón contra el Gang del Chicharrón”? ¿O con el “Micho” verde? Sinceramente creo que sería lo mismo. Más de siete letras a la hora mencionada incrementan el peso de los párpados y relajan la respiración a unos niveles que llegan a asustar.
¿No podría yo ver un poquito de tele, leer un rato, dormir una siestecilla y levantarme como nuevo, encontrar ese justo medio, ese equilibrio formidable entre la mera subsistencia post almuerzo y una moderada instrucción cultural y audiovisual? Definitivamente no. Ya lo he probado casi todo.
Durante el pasado mes de Julio, incluso me hice el fuerte y estuve yendo a nadar cada día, inmediatamente después de comer. Los casos de nadadores que se hayan quedado dormidos en pleno ejercicio son –ya lo he mirado en Google- contadísimos y por ello cada tarde era para mí una auténtica muestra de afirmación y de convencimiento. ¡La siesta estaba vencida! Pero la verdad es muy distinta y a veces, cruelmente distinta. Como yo comenzaba mi entrenamiento a eso de las dos o dos y media, y no nadaba más que durante una hora u hora y cuarto, volvía a casa a eso de las cuatro menos cuarto o las cuatro. ¡Justo a la hora de la siesta! Y encima, más muerto que vivo.
Dicho lo cual, terminé por concluir que, sobre un terreno dado al que denominábamos sofá de Muebles Carmona, si a la variable S = siesta, le sumamos la variable N = natación, la variable primera se potencia y se convierte en S2.
-Chato, ¿tú estás seguro de que esto de ir a nadar es para no dormir la siesta?- me interroga Virgi meditabunda.
¿Lo mejor de esto? Por efecto del ritmo respiratorio al que someto a mi cuerpo galano en mis múltiples series de “crawl” y braza gitana, hay veces en las que, sin yo quererlo, los inigualables efluvios del salmorejo de mi Virgi cobran una inusitada libertad y fluyen solidarios y alegres al exterior, llevando (supongo) a los nadadores de las calles tres y cinco a un éxtasis gastronómico inigualable, sobre todo cuando hace levantillo.
Y en eso estamos; buscando ese justo equilibrio en mis sobremesas estivales mediterráneas. No pierdo la esperanza. Seguro que lo logro. Me quedan aún dos semanas.
Voy a echarme un ratito a ver si se me ocurre algo.

sábado, 19 de mayo de 2012

¿Que tal, Pedro Javier? ¿Como le va?

El tío se ha identificado -eso es verdad- pero me ha dicho que se “shama” Carlos Ernesto. Es simpático de cojones. No sé que leches quiere, pero es un verdadero encanto. Lástima que me haya “shamado” justo cuando intentaba descabezar una siestecilla como inteligente alternativa al “Sálvame diario” y a la madre que parió a Jorge Javier Sánchez.
-¡Vázquez! –me dice Virginia.
Bueno, pues Vázquez. ¡Joder!
-Pedro Javier, permítame que le haga una preguntita. Va a ser sólo un minuto.
¡Es que me lo como! ¡Que gracioso es el jodío!
-¿Es usted el titular de la linea, Pedro Javier?
Supongo que se refiere a la línea telefónica porque si fuera con mayúscula –ahín “La Línea” –entonces se trataría de un bello municipio de Cádiz, ahí a la verita del Peñón, y entonces el titular no sería yo sino Doña Maria Gema Araujo Morales, alcaldesa socialista y licenciada en Derecho.
Contesto que sí.
-Pues le voy a explicar, Pedro Javier…
No sé exactamente qué demonios me está explicando el patagónico este. Me planteo si patagónico podría venir de patético y agónico. Suena más monótono que el himno de la selección nigeriana de petanca. Y encima el chaval no hace más que llamarme Pedro Javier, que es justo como me llamaba mi madre cuando era pequeño, cada vez que me tenía que liar la bronca por algo.
Se me cierran los ojos… Me resbala el teléfono… Estoy entre nubes bailando una de Pitbull con la abuela de la fabada. Ya tú sabes, mamita. Ya tú sabes.
-¿Entonces qué, Pedro Javier? ¿Le interesa la oferta?
¡Dios mío! Me había quedado sobado.
-Pues mira, Carlos Alfredo…
-Ernesto –me interrumpe.
-Vale, Ernesto Alfredo. Mira, resulta que estoy implicado en la trama GÜRTEL y la jueza Maria Hortensia Vázquez de Madariaga me la tiene jurada, así que lo más probable  es que ingrese de aquí a un par de semanas en Alcalá Meco o, si tengo suerte, en el Acebuche, que Almería, no veas cómo se está poniendo. Como supongo que sabes que en el talego no nos dejan llevar móvil, pues mejor te aplicas tú el cambio de tarifa, que para “shamar” a tu casa “ashá” en la Pampa, te va a venir de puta madre.
Cuelgo. Reposo. Medito.
Supongo que Alberto Ignacio -o como se llame- se habrá limitado a cliquear en el siguiente incauto de su lista y ya estará dándole la matraca a otro pobre contribuyente, eso sí, con una simpatía y un nohequé ante los que cuesta trabajo no caer rendido.
Yo, que soy de esos amantes a la antigua que suelen todavía mandar flores, no soy tampoco de los que andan por ahí cambiando de operadora cada dos por tres, ni siquiera cuando te ofrecen tres por el precio de dos.
¡Me encanta mi operadora! Tiene la cobertura justa para que yo pueda luego decir, cuando me llama el de hacienda, que no tenía cobertura y que por eso no le cogí el teléfono. Me regalan de vez en cuando unos móviles preciosos que jamás utilizo porque no sé como leches manejar tanto botón y tanta tontería. Ni pago mucho ni pago poco. Pago lo que puedo. Y soy feliz… moderadamente. Por eso no quiero que me den la lata con lo de “¿Qué tal Pedro Javier? ¿Cómo le va?”.
  -Me va bastante mejor que a ti y además mi gobierno no anda expropiando petroleras a nadie, de momento.
Otras veces es una chica de Sevilla, monísima. Esta -Cristina se llama-  está preocupada con el asunto de que yo duerma el número de horas que por mi edad me correspondería. A ella no le parece bien que yo descanse sobre  un colchón que no es ni poroso ni viscoso, que no tiene el índice de flexibilidad mínimo recomendado por la Asociación de Colchoneros de Alabama, y que no hace el número de pelotillas exigido por la Agencia Europea del Látex.
Tiene, según dice, el colchón que yo necesito. Mucho mejor que el de Constantino Romero. Dice Cristina que en el que ella me aconseja podríamos dormir Constantino y yo, y aún quedaría sitio para mi señora, y los tres la mar de blanditos.
Yo, en un primer momento dudo. Constantino es un gran tipo, y además, hace muy bien la voz de Terminator. Pero, por otra parte, apagar la luz y que yo oiga la voz de Clint Eastwood en mi cama, con mi mujer cerca, no me tranquiliza lo más mínimo.
-Mira, Cristina, hija. ¡Flor de Triana! Marcho en misión secreta para Afganistán en un par de días. Si cuando vuelva, sigo vivo, supongo que me vendrá bien poner mi espalda sobre algo más blandito que unas cajas de dinamita anti-talibán, así que ya te llamo yo a la vuelta. ¿OK? Pues cambio y cierro. O como diría Constantino-Terminator “Sayonara, baby”.
Esta es poco más o poco menos la realidad.
A veces me invento alguna mentirijilla y me dejan en paz. Pero en otras ocasiones, estos águilas de la comunicación y de la teleoperación, que se las saben todas, se buscan un teléfono que se parece al de mi suegra y cuando lo descuelgo en la esperanza de que a mi Maruja de mi alma se le haya ido la mano haciendo fritada y quiera que me pase a recoger un “tupervare”, sale Yolanda del BVBA, o Eustaquio Miguel de ORANCH, o Pepito el de los Palotes de “SMITH & GUESSON” y me saludan con el maldito “¿Qué tal Pedro Javier? ¿Cómo le va?”.
Soy un tipo paciente. Salvo cuando pasó lo del Supersol con la señora que se me coló en la carnicería, que ahí si me pasé un poquito, no suelo perder lo papeles. Soy lo que se dice un tipo tranquilo. De hecho, la señora dejó la UVI a los tres días y encima, cuando le desincrustaron el queso de bola del cráneo, dejaron que se lo llevase a casa.
No obstante, mi preocupación adquiere nuevos matices cuando la realidad de mis conversaciones comerciales telefónicas trasciende de mi propia persona y comienza a afectar a los míos y a su cotidianeidad más cotidiana.
Sin más, la semana pasada fui testigo accidental de la siguiente escena.
Mediodía.
En mi saloncito de los libros, estoy terminando de poner la mesa.
Suena el teléfono.
-Lo cojo yo, papi.
Se pone Pedrito al habla.
-¿Si? ¿Virginia Ruiz? –interpela el bigardo mozo-. Es mi madre. No. No se puede poner.
Empieza como a sollozar.
-Si. Ya lo sé –añade-. A mí también me gustaría hablar con ella.
Entiendo que quien llama está perplejo porque hay como un silencio. Mi Pedrillo aprovecha para seguir subrayando algo en un libro de nohequé.
-Se fue –continua-. Con un tío. Y mi padre está hecho polvo.
De nuevo silencio.
-Pues si ahí en CORTEFIEL, la localizan, por favor, díganle que vuelva.
Se oye como un “güigüigüi” al otro lado de la línea.
Pedrito insiste.
-Tiene que estar por Cádiz. El tío era de Cádiz. ¿Ustedes tiene CORTEFIEL en Cádiz? Pues seguramente aparece por allí. Díganle a los de Cádiz, que por favor, que aquí nos hace mucha falta.
Más lloriqueos.
-Señorita, por favor. No me lo deje.
La señorita cuelga.
No han vuelto a llamar.
Me parece que hemos creado un monstruo.