martes, 24 de mayo de 2011

De elefantes y aceitunas.

Fantasía electoral de una noche de primavera.

Son las nueve de la noche y en Antena Tres, que es la cadena que más me gusta porque sale Matías Prats, que me cae muy bien, están a punto de hacer públicos los primeros resultados de las Elecciones del 22 de Mayo.
Me siento junto a mi Virgi, me pongo por delante la bandeja con el sandwich de jamón de pavo que me toca en suerte, me sirvo una sin alcohol y barajo una enorme inquietud no exenta de ciertas dosis de curiosidad. Bueno, también abro una lata de aceitunas sin hueso.
Estoy nervioso y expectante. Me siento a la vez esperanzado y temeroso; extremadamente ansioso, podría decirse.
Empiezan a escupir los datos y yo, de manera casi simultánea empiezo a engullir mi sandwich. Los mencionados datos vienen este año ilustrados, para que los entiendan hasta los de la LOGSE, con una especie de “powerpoint” muy currado a base de barritas de colorines en 3-D . Cuando han transcurrido apenas unos minutos, es un hecho constatable que se comienza a mascar la tragedia en la sede del PSOE. En la calle Ferraz hay menos gente que en el “Club de Amigos de Aída Nízar”.
A juzgar por los sucesivos datos que se van conociendo y por alguna que otra imagen que sale en chiquitillo en un ángulo de la pantalla, la situación en la sede de los populares de Don Mariano y de Doña Sole es radicalmente distinta. En la calle Génova ya han encargado la sidra, están desempolvando los matasuegras y los pitos y seguro que corre adrenalina a raudales por las venas del siempre comedido Gallardón.
Virgi y yo compartimos algún que otro comentario inteligente, probablemente suyo, porque yo estoy liado con el jamón de pavo y me estoy reservando. En esto, que los de Antena Tres cortan y ponen un anuncio de nohequé. Me parece que es de un Peugeot, que seguro que es un coche lindísimo y tal, pero que esta noche me importa un huevo, sinceramente. Se pierde un poco el clímax.
Cuando vuelve a aparecer Matías, esta vez junto a Mónica Carrillo, que me gustaba más para el Principe que su colega Doña Letizia, todavía no han aparecido los datos relativos al escrutinio en Melilla. Mi cónyuge y/o esposa y yo, decidimos por común acuerdo trasladarnos momentáneamente a la tele del cuarto de los libros, que es donde no tenemos el Plus y por lo tanto, podemos ver Tele Melilla.
Surge altanero Juan Medina con una hartá de folios encima de la mesa. Lo escuchamos con vehemencia e interés y nos hacemos receptores del mensaje meridianamente claro: en Melilla, como hasta ahora, el PP va a seguir gobernando, como poco, durante otros cuatro años. Las huestes del Doctor Aberchán se sitúan a cierta distancia como segunda fuerza en la asamblea y el PSOE logra colocar en sendos escaños a Dionisio Muñoz y a su mariscal de campo, Gregorio Escobar. Para terminar, la formación del Doctor Velázquez desembarca en el palacio presidencial con una potencia de tiro estimada de dos escaños.
 El resto de formaciones se vuelven para casa con las banderas enrolladas y el ánimo contrito. Me recuerdan un poco a la Selección Española antes de la “Era Iniesta”. Quiero pensar yo que también se repliegan con el corazón contento por haber aportado un cierto coeficiente de ilusión y de esperanza al juego democrático.
-¿Listo, gordi?
-Listo, chata. Volvemos a base. Corto y cierro.
Por el camino hacía el salón, mi mente, que algunas  veces funciona a un ritmo perverso, se deja llevar por una especie de infantil fantasía.
Me imagino que los ganadores deben estar analizando los resultados y entre enhorabuenas y sonrisas, seguro que están acumulando proyectos, reciclando ideas, llevando a cabo alguno de esos “brainstormings” que siempre anticipan algo grande, por lo menos en las pelis, o simplemente haciendo un examen de conciencia, porque una mayoría absoluta es un tesoro, una joya inmensa, un arma formidable, un cheque en blanco, un nosequé, un queseyó… pero mal administrada puede llegar a ser… un verdadero ñosclo.
Por otra parte, –sigo fantaseando- los que han conseguido un nivel menor de representación en la asamblea no deben estar cabreados, sino ilusionados y felices. Tienen una ocasión excelente por demostrar que, aunque sean pocos, son talentosos, bienintencionados, despiertos y con una voluntad de hierro ante las pruebas que esta legislatura les va a ofrecer.
¡Ayyyyyyy! Como dijo Rosarillo Flores: ¡Que bonito sería!
Una vez de regreso en la segunda pieza más noble de mi residencia –la primera es el laboratorio- me vuelvo a arrellanar en el sofá que, bien por su propia idiosincrasia, o bien por que en mi casa, de momento, no hay “poltergeists” conocidos ni identificados, no se ha movido de su sitio.
Termino la sin alcohol. ¡Anda que si fuera viernes me iba a tomar yo una mierda de éstas!
Justo en este momento, la imagen que aparece en la pantalla de mi vieja “Samsung”, nos concede a los Bueno-Ruiz una nueva excusa para el intercambio creativo de ideas post-electorales. Ruiz Gallardón se está dirigiendo a los madrileños y por ende, al resto de los españoles. La polémica salta en casa tras una apreciación mía, quizá arriesgada y desde luego, absolutamente personal.
-Virgi, ¿no te da la sensación de que este muchacho está un poquillo “alpistelado”?
No utilizo un tono reprobatorio y/o acusador, sino más bien sorprendido y/o divertido. El Alcalde de la Villa suele pronunciar las eses como nadie y hoy lo encuentro un poco patoso. De las erres ya ni te cuento.
-Pedro, ¡estas chalado! ¿Cómo va a haber bebido este hombre?
La verdad es que si soy yo el que saca esa burrada de votos me tienen que recoger con angarillas. Pero al parecer, al parecer de mi interlocutora, se entiende, lo de Gallardón debe ser la emoción, la dicha, el regocijo… Dejo la polémica aparcada por el momento.
Me recluyo entonces en la intimidad de mis pensamientos y vuelvo a Melilla.
Compongo mentalmente la Asamblea.
Cojo una aceituna “sin hueso”. Tiene hueso. Su puta madre.
Dejo entonces volar mi imaginación.
Y sueño.
Los veo trabajando por un futuro mejor.
Con valor, con fuerza, como a poderosos elefantes defendiendo la manada.
 Sé de qué son capaces. A muchos los conozco y los considero poseedores de una enorme valía personal y profesional. Los hay, incluso a quienes considero además, buenos amigos.
Si cierro los ojos y me concentro, casi puedo ver sus caras. Se me figuran en el momento solemne de empeñar su palabra ante la sacrosanta presencia de las urnas y me resigno a creer que en sus promesas aparezca veladamente la condición del triunfo como único acicate para desempeñar con ganas y arrestos su público compromiso. Definitivamente, no los creo, ni a unos ni a otros,  capaces de dejar de lado sus principios simplemente porque han ganado más que nadie, porque no han ganado tanto, porque han ganado poco o porque no están  ni siquiera a la vista del pelotón.  
En el desempeño de la noble función para la que ellos solitos se presentaron, todos, unos y otros, son importantes y en cierto modo, imprescindibles. Como en el pelotón, cada uno ha de hacer lo posible para que la carrera luzca. Como en la manada, si un elefante se raja o no colabora con el grupo, el pequeño Dumbo corre el riesgo de perder las dos orejas y, a lo peor, hasta el rabo.
Si, Rosarillo. Sería bonito. Sobre todo, porque, como dice un sabio proverbio africano: Cuando dos elefantes se pelean, quien sale perdiendo es la hierba.

domingo, 15 de mayo de 2011

En Tokio, si. Aquí, no.


Mi padre, que desde hace unos años, el pobre, no vota, solía decir que lo bueno de Melilla es que nos conocemos todos. Pero siempre terminaba concluyendo que lo malo de Melilla es que nos conocemos todos. Ahí, como en otras cosas, le doy la razón.
Para bien, o para mal, esta bendita ciudad en la que nacemos, crecemos, algunos si tienen suerte se reproducen y, al cabo, casi todos mueren, es como un pequeño ranchito de Playmobil en el que cada figurita trae los complementos que trae… y poco más. Y no hay que agitar la caja para ver si cae otra pieza, porque lo que viene, viene, y no hay más huevos.
Vengo en decir esto porque, a la ya clásica consideración que hacen los italianos sobre las tres cosas más inútiles del mundo, a saber: la lluvia sobre el mar, ciertos atributos del Santo Padre que por respeto no menciono, y la propia Infantería italiana, añado yo el gasto extremo, excesivo, superfluo y absurdo de la campaña electoral en esta noble y muy leal Villa.
Para empezar, los carteles. Me encantaría poder decir que todos son preciosos y que todos mueven a levantarse  de la silla y acudir al colegio electoral más cercano y coger sitio para no perder ni un segundo el día D a la hora H, pero la verdad sea dicha, encuentro todos los carteles igual de poco atractivos e igual de poco imaginativos. Algunos candidatos resultan más agraciados que otros. Yo ahí también tengo mis preferencias. Pero me parece a mí que hasta Brad Pitt o George Clooney con unas letras “ahin” de grandes al lado, diciendo que votes al PVC, al XXL o al BBVA, pierden glamour que te cagas. Con las chicas viene a pasar lo mismo. Y es una verdadera lástima porque cuando los/las ves por la calle, cosa que es relativamente fácil  estos días, aprecias que, en conjunto y salvo contadas excepciones, tenemos unos candidatos y/o candidatas muy, pero que muy guapos; cada uno en su estilo, pero guapos al fin y al cabo. Los de Melilla, somos así. Debe ser el agua.
Los mítines son otra cosa. Cada partido lleva a unos cuantos, o unos cientos, o unos miles… ¡Pedro, no te pases! Bueno, pues los simpatizantes que crea oportuno, y les charla y les convence de algo… de lo que ya venían convencidos de casa. Luego, regresamos a nuestros cuarteles de invierno con un llavero, una bolsa, un gorro, un mechero y un abanico que dejamos arrumbados hasta el primer día de pinos del año siguiente, en el que el gorro, el abanico, el mechero y la bolsa te vienen de puta madre. Ya el llavero es otro rollo. El llavero te lo puedes meter por el jander.
Menos mal que están los programas, que vienen a ser como  eso que nos lee el cura cuando nos casamos; eso de ”en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y tal y cual y Maroto el de la moto”. Todavía no conozco a nadie que haya puesto pegas ese día, porque, a ver, alguno/alguna podía decir “Mire usted, que yo, los Martes, a lo mejor no puedo, por esto o por lo otro”, o “¡Vaya por Dios! Pues en la pobreza, si es extrema y se pasa hambre, pues yo no, porque me conozco y me pongo de los nervios”. Los programas, son todos, fantásticos. Son, insisto, como las bodas sobre el papel. Pero, ¿cuántas bodas resultan al final tan bonitas como se esperaba?
He leído todos los programas de los principales partidos y me parecen el cuento más hermoso que escribirse pueda. Mucho más que el de la Mickey y las judías mágicas. Pero, me da la impresión, igual que en el cuento de Mickey, de que al final, también se llora.
Recapitulemos.
-Todos los candidatos son atractivos y en las fotos salen medianamente guapos  a pesar de lo feos que son los carteles.
-Todos los partidos te regalan tonterías.
-Todos los partidos tienen unos programas para chuparse los dedos.
Hasta aquí todo son coincidencias.
Siempre podría uno hacer un escaneo en cada lista y marcar con un  rotulador  fosforito las caras de sus amigos. Ahí, tengo que admitirlo, no tengo mucha suerte. No puedo ni siquiera considerar la opción. Tengo muchos y buenos amigos en todas las listas. Son gente de enorme valía, de acreditada profesionalidad, de honradez extrema,  ejemplos incluso de simpatía y de buen humor en algunos casos. A todos les deseo suerte y que el poder, si les llega, no les cambie. Me encanta poderles llamar a cada uno por su nombre, que ellos me sigan diciendo Perico en lugar de Señor Bueno.
¿Y hacer lo contrario? ¿Y buscar a los que no me caen bien? A estos los marco en rojo. Cojo la lista, le doy al “Scan” y … ¡OH! ¡NO!  También salen dos o tres en cada una. ¡No puede ser! Mala suerte la mía.
Y ¿cómo hago entonces?
Pues ya lo he decidido.  Gracias a Dios, Melilla no es Tokio. En Tokio debe haber   como cincuenta millones de japoneses, casi todos muy parecidos, y la probabilidad de encontrarte a un candidato en el bar mientras te tomas un café es de aproximadamente 0´000000006.  Puestos ya a imaginar que el japonés de la Coalición Liberal Demócrata “Japón Libre para los Japoneses” se encuentre pidiendo un descafeinado justo en el mismo garito que tú, si tras una breve charla, el tipo te promete el culo (pongo por caso),  la probabilidad de que lo vuelvas a ver en los próximos cuatro años vuelve a ser de 0´00000006, más o menos.
Pero Melilla, amigos… Melilla es otra cosa. Aquí, como decía  mi padre “Nos conocemos todos”.
 Yo voy a seguir respirando cada día el mismo aire que todos y cada uno de los candidatos, voy a tomar café  en los mismos lugares en los que ellos lo hacen, voy a seguir jugando con ellos, tomando cañas con ellos,  viajando con ellos,  VIVIENDO en la misma ciudad que  ellos.
Y, todavía no sé a que lista votaré. Pero si sé que a quien le dé mi modesto voto le estaré dando algo muy importante y no permitiré que juegue con él.  
A mis hijos les quiero  más que a mi vida y si juegan con algo que no deben… se lo quito.
Mucha suerte para todos.
Y no lo olviden. ¡Esto no es Tokio!

sábado, 7 de mayo de 2011

La inquietante niebla anaranjada.

Cuando terminó por disiparse aquella espesa bruma anaranjada todo parecía igual. Mi mujer aflojó algo la presa de su mano sobre la mía, aún temblorosa, y contemplamos en silencio cómo la vida de nuevo surgía en aquella calle malagueña. Gradualmente, las personas volvían a abrir los ojos y a moverse lentamente, como recuperándose de un largo sueño.
El hombre que vendía cartuchitos de almendras tornó a la realidad de su faena, si acaso, con algo más de energía; un miembro de la Policía Local reanudó su labor sancionatoria sobre un joven que había estacionado su ciclomotor delante de una de las dieciséis o diecisiete tiendas de artículos de pesca que podían verse en calle Larios; un grupo de hombres emprendía de nuevo animada conversación delante de un hermoso escaparate de una tienda de deportes y artículos de camping; y de las decenas de ferreterías a uno y otro lado de la emblemática avenida de la capital de la Costa del Sol emergían satisfechos y audaces, montones de sujetos con bolsas repletas de artilugios “Black&Decker”, tirafondos y tubos de adhesivo de contacto de esos casi milagrosos. 
¡Gracias a Dios, todo normal!
Mi santa esposa, algo más relajada tras constatar que todo había sido un momentáneo flashforward o algo por el estilo sin más consecuencias, respiró aliviada y  me propinó un sonoro beso en la mejilla.
-¿Por donde empezamos, gordi?
-Vamos primero a por las cañas -contesté.
Entramos en “Pepe Sarguete”, tres plantas de artículos para la pesca en playa, en roca, en río, o desde embarcación rígida o inflable, un paraíso. Con la celeridad que me caracteriza, en tan sólo media hora consigo seleccionar un total de cinco cañas de como metro setenta de longitud y me dispongo a ir al probador para ver qué tal. Le pido a Virgi que se queda a mi lado y me aconseje.  Delante del espejo, con la verde de carbono estoy impresionante, tal y como me comenta mi contraria, que pone “ahín” los ojillos disfrutando con la bigarda imagen que le ofrezco. Sí, debo tener buena estampa.
-Mira, chati, –le digo. Junto a la vitrina de los anzuelos, había una gorra que pone “Fishing Master” en verde clarito. Haz el favor, me traes una de la talla 55.
Cuando viene, tengo en la mano la caña burdeos de polivinilo antideslizante con carrete cromado “Mitchell”. Virginia abre la boca entusiamada pero no consigue  articular palabra. Veo por su gesto que me sienta bien la burdeos.
-¡Esa es preciosa! –dice al fin mi mujer.
-No sé… –le digo yo.
-De verdad, que ésta es la que mejor te viene, cari- vuelve a insistir mientras mira con el rabillo del ojo las tres cañas que, pacientes y calladas, esperan aún mi veredicto. -¿Te la llevas? –añade esperanzada.
-Es que con la gorra verde, no sé… A ver si me encuentras una gorra burdeos.
Y allá que va a por una gorra burdeos.
-¡De la 55! Se me oye gritar en “Pepe Sarguete”.
Algunas mujeres deambulan por la tienda con las caras serias, pacientes y abnegadas, esperando que sus maridos terminen por decidirse, como yo, ante la extensa variedad de artículos que pueblan cada estante y cada mesa expositora. Entre ellas se lanzan miradas cómplices y tan solo la más valiente se atreve a balbucear un tímido “¡Son todos iguales!”, que muere bajo el eco de los altavoces,emitiendo machaconamente musiquilla “pumba-pumba”.
Cuando aún no ha transcurrido una hora y cuarenta y cinco minutos, ya estoy casi decidido. Es que yo para estas cosas soy rápido, pero que muy rápido. O me llevo azul de grafito polimerizado o me voy con la plateada de fibra de pulfinato de vanadio.
-¡Llévate las dos, cari! –sugiere mi amada.
Tengo que quererla.
-De verdad. Te las regalo yo –insiste.
-Es que el sedal que se lleva esta temporada no sé si le viene bien a la de pulfinato.
-¡Pues ya está! ¡Te llevas la de grafito!
-Es que las de grafito luego se pasan de moda en seguida.
Si no fuera porque la conozco bien, juraría que está empezando a mostrar signos –levísimos, eso sí- de cansancio.
Reflexiono otro ratito más y al cabo le digo que mejor nos acercamos a calle Mármoles, que hay más tiendas de pesca y allí miramos.
Salimos de “Pepe Sarguete”, abrazados como dos novios, enamorados cual quinceañeros y disfrutando como locos de una hermosa mañana de compras que, cuando el reloj de la catedral da la una y cuarto, todavía no ha hecho más que empezar.
Interrumpimos la jornada de compras a las dos y media y nos pegamos un homenaje en una bonita cervecería del Centro comercial “Rosaleda”. Recuerdo cuando las marcas de moda luchaban por un local aquí. “Dolche & Bananna”, “Frucco”, “Punto Coma”, “Woman Secrech”… ¡Cómo estaba el mundo entonces! ¡Qué locura! Ahora, gracias a Dios, casi toda la planta baja es “Leroy Martín”, y el resto son armerías, ferreterías, cervecerías y… tiendas de pesca.
La tarde resulta espectacularmente entretenida. A las nueve y media llevo todo lo que quería: dos cañas de sulfonato de mercurio, hilo y muestras como para dos años en la isla de Robinson Crusoe, varias gorras de múltiples colores, una bolsa con artilugios raros que no se si utilizaré algún día o por el contrario no, y un chaleco con dieciséis bolsillos para meter los mencionados artilugios que no sé si utilizaré algún día o por el contrario no.
¡Soy el tío con más suerte del mundo!
He hecho la compra de mi vida y encima mi mujer ha disfrutado conmigo de esa extraordinaria experiencia. ¿No parece como si en realidad disfrutara viniendo de compras conmigo?
¡Sí! –suspiro. ¡Soy un hombre afortunado!
Cierro los ojos para disfrutar del momento y vuelvo a suspirar profundamente. De hecho suspiro varias veces hasta que una mano se posa con suavidad en mi hombro derecho.
-¡Pedro! –oigo.
-¡Pedro! –la voz insiste.
Despierto al fin y contemplo la bellísima cara de Virginia esbozando una perfecta sonrisa.
-¿Te gusta más este, cari? Me hace más bonito que el claro, ¿no?
Virginia luce esplendida con una creación de Pedro del Hierro en lino azul.
Arrebujado en ese sillón de cuero negro de “Cortefiel”, he vuelto a quedarme dormido. Es normal, llevo desde que bajé del barco dando vueltas por todas las tiendas de ropa del universo. Busco con la mirada algún rastro de esa niebla anaranjada que ya es tan sólo un recuerdo. Pero no hay nada. Nada salvo un montón de bolsas a mis pies… todas repletas de ropa de mujer.
-Llévate los dos, Virgi –sugiero. De verdad. Te los regalo yo.
Y mientras ella se gira para ver de nuevo en el espejo el efecto de la caída del lino sobre sus graciosas caderas, yo cierro los ojos y suspiro otra vez deseando con toda la intensidad del mundo que vuelva esa neblina mágica, espesa y anaranjada.

viernes, 29 de abril de 2011

El gordito de las croquetas.

Como homenaje a todos los invitados a comuniones.



Estás en medio de un enjambre de niños que huelen a Massimo Dutti, llevas corbata y estás jodido, hermano, porque te han invitado a una comunión.

 Durante la ceremonia has podido medio escabullirte y te has salido a fumar un cigarrillo con otros tres como tú; comentáis lo buen día que hace, lo bién que estaríais pescando, o en los pinos, o en la playa, o, ya puestos, en medio de un bombardeo talibán cerca de Kandajar. En cualquier sitio, mejor que aquí.

Pero llega la celebración. El restaurante está hasta arriba; los niños siguen oliendo a "Massimo Dutti", y las madres de los niños a "nohequé" de Vittorio y su amigo, o a "Fleg de Pagí" o a demonos fritos. Y eso no es nada; las abuelas huelen a "Maderas de Oriente" o a "Joya". ¡Santo Dios!

Y encima, con la hora que es, todavían no han puesto nada sólido para comer. Es verdad que en tu plato hay algo parecido a ensaladilla rusa, y una rodaja de jamón de algo que en su día vió de lejos la foto de una bellota. Pero eso no es lo peor. Ahí cerca. mirándote, desafiante, en la mesa de al lado, un chaval con cara de Harry Potter entradillo en kilos, saborea un pedazo de plato de San Jacobo y croquetas con patatas fritas que, en algunos paises de Centro Africa valdrían como pensión completa para un poblado Guandangui durante, por lo menos, un mes y medio. Los demás Sanjacobos permanecen cruelmente despedazados, yaciendo entre una corte ignorada de croquetas rotas y patatas machacadas debatiéndose entre el olvido y el desdén porque los jodidos niños de la comunión han descubierto que es más divertido incordiar al recien cristianado mientras juega con su flamante Blackberry, que comerse unas croquetas de sabe Dios qué, con bechamel.

Y entonces te encuentras con la realidad.

Miras tu plato de rezumante ensaladilla, te aflojas la corbata unos milímetros, te palpas la axila que, sí, está empapada, y deseas cambiarte, al menos por un momento, por el dichoso gordito de las croquetas.

 Ese sí que está disfrutando. ¡Que cabroncillo!

lunes, 25 de abril de 2011

Virgi y el Doctor House.


Estoy ya en la edad en que los conciertos apetece verlos sentado, y a ser posible, habiendo cenado antes un buen chuletón de Ávila o de cualquiera de sus zonas limítrofes. Es una edad en la que el deporte por la tele es cada día más atractivo y el deporte en la cancha cada día te seduce menos. Se va durmiendo menos, se va teniendo cada día más mala uva, te parece que todo el mundo conduce peor que tú, no entiendes ni papa de lo que dicen tus hijos o los amigos de tus hijos, piensas que las niñas van por ahí enseñándolo todo… Vamos, que estoy llegando a “mayor”.
Y mi cuerpo serrano, parece que se ha dado cuenta y el muy cabrón me lo recuerda de vez en cuando. Sin ir más lejos, hace unos días, me tomé una pastilla de nosequé, de esas que si estás embarazado o vas a conducir excavadoras mejor no te las tomes, y se ve que mi maquinaria interna se pilló un rebote de esos que hacen historia. Y porque el sistema inmunológico no habla, así con palabras, pero a su modo, se cagó en mis muertos. Que quien soy yo para medicarme, que si me creo que tengo veinte años, que le dé el ibuprofeno a mi madre, en fin, un verdadero show.
Parece que mis endorfinas (¿se dice así?) reaccionaron con los cojones que las endorfinas parece que tienen, y terminé derecho en urgencias. Allí, pues todo amabilidades, buen trato, simpatía… pero lo primero que hacen es que te pinchan. Si, con amabilidad, pero “pon el brazo que te vas a enterar, y si no, no haberte tomado la mierda esa que te has tomado, que mira cómo tienes la tensión, payaso”. En ocasiones como ésta, hay que hacer lo que hizo Pavarotti cuando le dio la tos: callarse.
Un rato allí, tranquilito, sin meterme con nadie, y luego… luego, amigos, vino lo peor.
Llego a casa, mi mujer me mira, aunque más que mirarme me escruta, se alegra de verme, me da dos besos, y me dice volviendo a mirarme a los ojos con una mirada que le he visto a “House en algunos episodios:”Me voy a comprar un cacharro de esos de medir la tensión y te la voy a controlar”. Luego, como quien no quiere la cosa, añade “¿Te parece bien, gordi?”.
A partir de ahí, mi vida se ha convertido en un constante vaivén de sensaciones. Que estoy tumbado en el sofá contemplando”Canal cocina” y carraspeo un poco, pues “¿Tienes tos, cariño? Veremos a ver si no vas a tener la tensión alta” y dale que te pego a espachurrarme el brazo con el invento del demonio. Que estoy jugando al “Bouncing balls” intentando quitarle el record a Ana Palazón y se me hinchan los ojos con las cabronas de las bolitas, pues “¡Uy esos ojos! ¿Te duele la cabeza o algo? Vamos a ver esa tensión”.
Estoy planteando una demanda por lo civil contra “Hartmann”, la creadora del puto aparato “Tensoval Duo Control” por haber introducido en mi, hasta ahora, pacífico hogar este artilugio malvado y demoníaco que está acabando con mis paciencia y tal vez, no sé, acabe también con mis solomillos a la pimienta y mis cervecitas de los viernes.
Porque además, mis hijos secundan a la nueva Doctora House y, de vez en cuando colaboran en el diagnóstico con sutiles comentarios como “Mamá, papá tiene la vena de la cabeza hinchada, ¿le has mirado la tensión?”. Ya me lo estoy imaginando. Dentro de unos días esto va a convertirse en la reunión de principio del episodio.
-Mamá, -dirá Rocio- ¿has comprobado el resultado de la resonancia del Lunes?
-Daba negativo, –dirá Pedrito- pero el análisis de los niveles de Tungsteno en sangre muestran niveles preocupantes. ¿No deberíamos ponerle cien miligramos de pirifedrina?
Me esperan días convulsos. Lo peor está por llegar. Ya me estoy imaginando a mi Virgi haciéndome las pruebas para descartar el Lupus. Por lo menos, eso sí, mi Virgi tiene mejores modales que House. Y está más buena.

domingo, 24 de abril de 2011

A ese puerto que se nos fue.

Muchos melillenses asociamos nuestra vida al mar, nuestros recuerdos más felices vienen del mar  y van al mar. Y la vía por la que esos recuerdos fluían era el puerto, ese puerto que, día a día se nos va hurtando a los paisanos, se va cerrando y mercantilizando, “modernizando”, ocultando…
Pero los recuerdos son como las aves: si no tienen de qué alimentarse, emigran. Es formidable adquirir nuevos conocimientos, abrirse al mundo y  admirarse ante este futuro tan apasionante que nos aguarda, pero no podemos ni debemos olvidar todas esas experiencias que, a lo largo de nuestras vidas, han forjado nuestro carácter y le han dado ese color característico a la vida de cada quién.
Mis recuerdos, como los de gran parte de mis vecinos (estoy seguro), empiezan con un paseo por el puerto, de la mano de mi padre, o de mi abuelo. En esas mañanas dulces de los inviernos de antaño, gustábamos del paseo al borde del cantil, sorteando, eso sí, cajitas de aparejos, bolsitas con caracolillos, sardinas o masilla, y cubos de colores azules y rojos, pocas veces llenos de pescado, pero siempre de esperanza; de esa mezcla de esperanza y de paciencia que parece que Dios creo para los pescadores.


Tarde a tarde, mañana a mañana, terminabas por aprenderte los nombres de tus favoritos. Uno de los míos  era Sebastián, el afilador. Con su “Mobilette” roja siempre a mano y su sombrero de fieltro negro, era una estampa inconfundible, solemne, legendaria. Desde que pasaba junto a la garita de la Compañía de Mar, intentaba localizarlo.  –Allí lo veo, Perico. – decía mi padre. Y allá que íbamos a su encuentro. Nos situábamos a diez o doce metros; una prudente y respetuosa distancia. El maestro pescaba. Y a la luz de este sol africano que en los crepúsculos estivales le concede a los seres y los objetos una casi sobrenatural grandeza, la imagen de Sebastián, con su pequeña y remendada caña, con Melilla al fondo y el olor y el sabor del mar impregnándolo todo, se ennoblecía. Ya no era Sebastián, era historia pura, era un hombre sumergido en ese mar que nos rodea, nos alimenta, nos inspira, nos da paz y nos comprende.


Con el tiempo, aprendí que el puerto ofrecía bajo la mágica luz de su faro y  con la calidez de su piedra oscura y confidente, ese romántico rincón que tantas y tantas historias de amor ha presenciado, con esa callada y tranquila complicidad que solo la piedra y el mar (siempre el mar) ofrecen a los niños, los viejos y los enamorados.
En el puerto hemos empezado a caminar, hemos jugado,  hemos soñado, hemos aguardado en los días de temporal el regreso de los nuestros, y hemos llorado abrazados a quienes partían llenos de esperanzas y proyectos.
En el puerto hemos fraguado amistades, hemos  desencadenado historias, hemos olvidado penas, hemos aprendido a vivir, hemos amado, y hasta hay quienes no concebimos nuestra vejez sin contemplar la posibilidad de llevar de paseo, quizá a media tarde, algún día de esos bellísimos  Septiembres nuestros, sorteando cubos azules y rojos, a un pequeño nietecillo de remolino en la frente y mirada inquieta, buscando entre las cañas la imagen serena y satisfecha de Paco, de Bartolo. . . o de Sebastián. 

sábado, 23 de abril de 2011

Me voy a ir arreglando.

Es sábado. Son las ocho u ocho y cuarto de la tarde. En la pantalla del ordenador tengo una partida a medias en la que, con ciento treinta guerreros de dudosa procedencia (me parece que son Godos) intento conquistar la ciudad de Roma. Y voy ganando. Tengo al emperador Claudio con los nervios de punta, preparando las maletas como Boabdil, aunque sin tanto lloriqueo.
Es entonces cuando oigo su voz.
-Perico, me voy a ir arreglando, que hemos quedado a las diez.
Miro el relojillo que puso Bill Gates en el ángulo inferior derecho de las pantallas de los ordenadores para que los hombres no tuvieran que dejar de matar romanos cuando alguien les preguntara la hora y veo que, efectivamente, hay tiempo suficiente para acabar la batalla con mi tropa paseando victoriosa por el Campo de Marte.
Al poco se oye la segunda andanada.
-Pedro (aquí ya no suele usar el apelativo cariñoso), tienes que ducharte y recortarte los pelillos de las orejas. ¿Tienes la ropa preparada?
Le doy al “pause”. Suspiro. Decenas de Godofredos y Witilas me miran expectantes. –Pedro, –parecen querer decir- ¿atacamos o qué?
Tercer y definitivo envite.
-Terminaré, estarás todavía haciendo el gilipollas con los legionarios esos de los cojones, tendré que esperarte y al final, me enfadaré.
Me acuerdo de Tom Cruise cuando en la película “Minority Report” trataba de castigar por adelantado a los hipotéticos delincuentes del futuro.
Pero Tom Cruise, al lado de mi Virginia, es más blando que una mierda de pavo. Así que, me doy por vencido, por la cuenta que me trae.
En mi mente se dibuja entonces la bigarda estampa de mis muchachos retozando alegres y expectantes en el frente de los Apeninos y dejo escapar una lágrima por ellos. Sé que me necesitan pero, para no despertar animosidades, trato de olvidar el tema, apago el ordenador, los abandono a su suerte y en cuestión de segundos me hallo bajo el chorro reconfortante de mi ducha. Diez minutos más tarde estoy hecho un pincel, una brocha tal vez. Aseado y decentemente vestido, la verdad es que parezco otro. Otro, eso si, igual de feo.
Me dirijo entonces al salón donde, si mis cálculos no fallan, aún puedo disfrutar de un buen rato de tele. Sintonizo el canal 59 (Caza y Pesca). Un tal Ramón Perdomo, de Fuerteventura, lleva media hora peleando con un pez espada enormísimo de la muerte. ¡Que “muyayo” más cabrón!
Oigo como sollozos.
En el dormitorio se está desarrollando el mismo drama de todos los viernes.
Dejo al canario cabrón y me acerco sigiloso al origen de los lamentos. Virginia, con los brazos en jarras y el semblante demudado por la incertidumbre más cruel, se debate entre la duda de Hamlet y la desesperación de Espronceda.
-¡Pues no tengo zapatos!
Señalo ingenuamente al inmenso mare-mágnum de zapatos, zapatillas, botas, botines, medias botas, sandalias, manoletinas, medias manoletinas, y demás, esparcidos por el suelo y sobre la cama de nuestro nido de amor.
-¿No? ¿Y todos esos?
-Es que voy de claro –me dice. Y señala un bonito vestido blanco.
Desecho virtualmente los de colores oscuros y los pertenecientes a un diferente espectro y vuelvo a comentar incauto.
-¿Y esos?
-Esos son de verano.
Aparto otros treinta pares.
-¿Estos son de invierno? –inquiero refiriéndome a algunos que por su factura y apariencia así me lo sugieren.
-Sí, pero son de tacón fino.
-¿Y?
-¡Qué no se llevan!
Ya me quedan menos. Temblándome la epiglotis por la inseguridad me atrevo a farfullar algo más.
-Esos de ahí tienen el tacón gordito.
-Sí, pero no me hacen juego con la ropa.
-Pues yo los veo todos blancos.
-¡Pedro! ¡Por Dios! Esto es marfil.
Es entonces cuando doy con la solución. En una esquina, asomando tibiamente su hocico, como Platero en su jardín, refulgen con la blancura sobria y serena del marfil, un hermoso par de zapatos de invierno, con tacón gordito y todo.
-Esos son de color marfil –me arriesgo a decir no sin cierto orgullo de Sir Morgan Styanley después de encontrar a su amiguito el Doctor Livingstone.
-¡Que cateto eres, hijo! Eso es blanco roto.
- Pues entonces… ¡No tienes zapatos!
-Anda, Perico (vuelve el cariñoso apelativo), ¡vete a ver la tele un rato!
Con el orgullo herido me vuelvo al salón y espero ese momento mágico de verla recién arreglada y oliendo a “Eau de Rochas”.
Al cabo de una hora más o menos, en el canal pesca no hay nada y me entretengo viendo un anuncio largísimo de algo llamado “Squeeze master” que hace unos zumos que te cagas y que venden en el chino del “Real”, pero mucho más barato.
Está preciosa, pero no va de blanco. ¡Claro! ¡Cómo no tiene zapatos blancos...!
Lleva un precioso vestido rosa.
Se lo digo.
-Te queda de escándalo el rosa.
Sonríe. Otro regalo.
-No es rosa. Es salmón.
-Salmón –asumo.
-Salmoncito -añade.
Bajamos en el ascensor. Ella, bellísima y sonriente. Yo, acordándome de mis valientes visigodos, probablemente en situación comprometida, del canario cabrón y del capullo que inventó la gama de colores. ¡Ah! Y de su puta madre.